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Una Gran Nación, A Veces

Una historia de ideales orgullosos y resultados mixtos

Immigrants to the U.S.
Desde el comienzo nosotros, los norteamericanos, hemos considerado a nuestra nación como un país “universal”la encarnación de los ideales que otras naciones deberían y podrían adoptar. Tan pronto como en 1776, en su gran escrito Sentido Común, Thomas Paine identificó la causa de Norteamérica con el destino de la libertad a lo largo de todo el mundo. Una Norteamérica independiente, proclamó, sería una encarnación única de libertad en un mundo desbordado por la opresión, un “refugio para la raza humana”. Seis meses más tarde, Thomas Jefferson comenzó la Declaración de Independencia invocando “la vida, la libertad, y la búsqueda de la felicidad”derechos no confinados a ningún país o pueblo en particular, sino más bien para ser disfrutados por todos los seres humanos.

A través de los años intermedios, la noción de que los Estados Unidos es una vidriera de libertad ha sido una parte central de nuestra cultura política, acoplada con la creencia de que nuestra nación está obligada a esparcira través del ejemplo, la persuasión o la fuerzalos derechos básicos a lo largo de todo el mundo.

Pero la realización de los derechos humanos en los Estados Unidos no es una historia de evolución estable hacia un objetivo predeterminado. Es la historia de un progreso cíclico y de retrocesos, de debate y de lucha sobre la definición de los derechos humanos y sobre a quienes les está permitido disfrutarlos. Una y otra vez en la historia norteamericana, la definición de libertad ha sido transformada por las demandas de aquellos a quienes se les negaban sus bendicionesminorías raciales, mujeres, trabajadores, y otros.

Asumiendo el Liderazgo

A veces los Estados Unidos ha trabajado para realizar sus ideales fundacionales. En gran parte de su historia la nación ha sido un refugio para los inmigrantes en búsqueda de los derechos que se les negaba en casa. En el siglo XX, los líderes norteamericanos jugaron un rol central en la articulación del ideal de los derechos humanos en el ámbito mundial, y en la redacción de los documentos que intentaron definirlos. Incluso antes de que Estados Unidos ingresara a la Segunda Guerra Mundial, el presidente Franklin D. Roosevelt habló de las Cuatro Libertadeslibertad de expresión y de religión, libertad del miedo y de la indigenciaque inspiraron la lucha contra la tiranía nazi, y de su compromiso para que sean disfrutados “en todas partes del mundo.”

Las atrocidades cometidas durante la Segunda Guerra Mundial, así también como el lenguaje global de las Cuatro Libertades, forzosamente elevó la cuestión de los derechos humanos en el mundo de posguerra. Luego de la guerra, los Aliados vencedores enjuiciaron a los oficiales alemanes en Nuremberg por crímenes contra la humanidad, estableciendo el principio de que la comunidad internacional puede castigar las grandes violaciones de derechos humanos.

Poster for the United Nations
En 1948, la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó la Declaración Universal de los Derechos Humanos, cuyo borrador fue realizado por un comité dirigido por Eleanor Roosevelt. Este documento identificaba un amplio rango de derechos para ser disfrutados por las personas en todas partes, incluyendo a derechos políticos tales como libertad de expresión, tolerancia religiosa, y protección contra la acción arbitraria del gobierno, así también como derechos sociales y económicos, como el derecho a un adecuado estándar de vida y al acceso a vivienda, educación y atención sanitaria.

Sin embargo, el documento no tenía un mecanismo reforzador. Por esa razón, algunos lo consideraron un ejercicio de retórica vacía. Pero sus principios centralesque existe un conjunto definible de derechos pertenecientes a todos los humanos y que el tratamiento de una nación sobre sus propios ciudadanos debería estar sujeto a la evaluación internacional lentamente se volvieron parte del lenguaje de los asuntos mundiales.

Durante la Guerra Fría, la idea de los derechos humanos se volvió una herramienta de propaganda. Ni los Estados Unidos ni la Unión Soviética pudieron resistir enfatizar ciertas partes de la Declaración Universal mientras ignoraban a las otras. Los soviéticos proclamaban proveer a todos sus ciudadanos con derechos sociales y económicos, pero violaban derechos democráticos y libertades civiles. Muchos norteamericanos condenaban a los derechos no-políticos como un paso hacia el socialismo (en aquellos tiempos, la “libertad de la indigencia” de F. D. Roosevelt había desaparecido del diálogo político).

Eleanor Roosevelt había visto a la Declaración Universal como un cuerpo integrado de principios, una combinación de libertades políticas y civiles tradicionales con las condiciones sociales de la libertad. Pero para facilitar a los Estados miembros ratificar el documento durante las tensiones de la Guerra Fría, las Naciones Unidas la dividieron en dos “convenios”Derechos Civiles y Políticos, y Derechos Económicos, Sociales y Culturales. Recién en 1992 el Congreso de EE.UU. ratificó el primero. Nunca ha aprobado el segundo.

Una Historia Ambivalente

La acogida mixta de la Declaración Universal ilustra la historia compleja y contradictoria de los derechos humanos en el pasado y presente norteamericanos. No hay idea más fundamental para la identidad norteamericana, como individuos y como nación, que la idea de libertad. El término central en nuestro vocabulario político, la libertad, está profundamente embebido en el registro documental de nuestra historia y en el lenguaje de nuestra vida diaria. La Declaración de Independencia menciona a la libertad entre los derechos inalienables de la raza humana; la Constitución anuncia su propósito de asegurar las bendiciones de la libertad. Los Estados Unidos luchó la Guerra Civil para dar lugar a un renacimiento de libertad, en la Segunda Guerra Mundial por las Cuatro Libertades, durante la Guerra Fría para defender al Mundo Libre.

Sin embargo, la Revolución Norteamericana que proclamó la libertad como un derecho humano universal, dio nacimiento a una república que dependía económicamente, en gran medida, de la esclavitud. Cuando Jefferson escribió la Declaración, él mismo poseía más de 100 esclavos, y los esclavos constituían un quinto de la población de los Estados Unidos. Aún mientras los norteamericanos celebraban su estatus como un “imperio de libertad,” según la frase de Jefferson, la definición constitucional de aquellos favorecidos para disfrutar las “bendiciones de la libertad” estaba precisada por la raza. La primera Ley de Nacionalización, aprobada en 1790, prohibía el ingreso de la gente de color a este “refugio de la raza humana.” Ninguna persona de color, declaró la Corte Suprema en los inicios de la Guerra Civil, aunque fuese nacida en este país, podría ser alguna vez un ciudadano norteamericano o disfrutar de los derechos de las personas blancas.

La cuestión de la esclavitud ilustra un elemento central del desarrollo de los derechos humanos en este país. Nuestra noción moderna de los derechos humanos como un conjunto de privilegios que trasciende las fronteras de raza y nacionalidad, le debe menos a los padres fundadores que a los abolicionistas, blancos y negros, que lucharon para terminar con la esclavitud y redefinir a la libertad como un derecho de nacimiento universal, un ideal verdaderamente humano.

La cruzada contra la esclavitud, escribió Angelina Grimké, la hija de un propietario de esclavos de Carolina del Sur que se volvió una oradora líder del movimiento abolicionista, era la “escuela” más importante de la nación en donde “los derechos humanos son... examinados”. Más aún, agregó, “la investigación de los derechos del esclavo, necesariamente lleva a una mejor comprensión de mis propios derechos,” ayudando a inspirar un feminismo precursor. “No sé nada,” continuaba, “sobre los derechos de los hombres o los derechos de las mujeres”eran los derechos humanos por los que luchaba ella. Aunque le llevó muchas décadas a las mujeres obtener la igualdad legal y política, los principios de la ciudadanía de nacimiento y la protección igualitaria ante la ley, sin considerar la raza, que se volvieron elementos centrales para la libertad norteamericana, fueron productos de la lucha anti–esclavitud.

Japanese internment camp in World War II
Perdiendo Libertad Para Preservarla

La tensión entre el ideal de los derechos humanos y sus violaciones periódicas persistió bastante tiempo después del fin de la esclavitud. Las guerras que se pelearon en nombre de la libertad produjeron pérdidas significativas de libertad en casa. La Primera Guerra Mundial fue testigo de la extinción más grande de libertad de expresión en la historia norteamericana, del surgimiento de violencia racial en las principales ciudades de Estados Unidos, y de severas restricciones en la inmigración, que una vez más contradijo la imagen de los Estados Unidos como un “refugio para la raza humana.” Durante la Segunda Guerra Mundial, las Cuatro Libertades de Roosevelt se codeaban con la internación de más de 100.000 japoneses-norteamericanos.

Contradicciones similares entre retórica y realidad algunas veces han caracterizado a las relaciones exteriores de Estados Unidos. Durante la Guerra Fría, el propósito declarado de la política exterior era defender la libertad en el ámbito mundial contra la amenaza del comunismo. Pero para hacerlo así, los Estados Unidos formó alianzas o ayudó a instalar algunos de los dictadores más brutales del mundo, que sistemáticamente violaron los derechos humanos de sus propios ciudadanos. El “Mundo Libre” de la Guerra Fría incluía a naciones tales como Irán bajo el régimen del Shah, las Filipinas bajo Marcos, incluso Sudáfrica bajo el apartheid.

El presidente Jimmy Carter creyó que en una era post-Vietnam, la política exterior norteamericana debería quitarle énfasis al pensamiento de la Guerra Fría. En un discurso de 1977, insistió que la política exterior no podía separarse de las cuestiones de justicia, equidad y derechos humanos. Intentó refrenar la violencia asesina de los escuadrones de la muerte ligados con el gobierno de derecha de El Salvador, un aliado de los Estados Unidos. Pero a menudo encontró imposible traducir retórica en acción. Los Estados Unidos continuaron su apoyo a aliados con registros de serias violaciones de los derechos humanos, tales como los gobiernos de Guatemala, Filipinas, Corea del Sur, e Irán. Una contradicción similar marcó la administración de Reagan, entre la insistencia del rol norteamericano como emblema internacional de libertad y las alianzas con dictadores del extranjero.

Durante la presidencia de Bill Clinton, los informes de Amnesty International y Human Rights Watchinfluenciaron fuertemente la opinión pública mundial. Los derechos humanos emergieron como una justificación para la intervención en cuestiones que una vez fueron consideradas como asuntos internos de naciones soberanas. Los Estados Unidos enviaron sus fuerzas armadas a partes distantes del mundo como parte de misiones internacionales para proteger a civiles. La intervención de la OTAN en los Balcanes para detener la “limpieza étnica” durante el desmembramiento de Yugoslavia le dio a la organización un nuevo propósito. Nuevas instituciones, tales como la Corte Europea de Derechos Humanos, emergieron con el poder de doblegar a leyes nacionales y a las decisiones de las cortes que violaran los estándares internacionales en derechos humanos. Algunos comentaristas proclamaban el nacimiento de una era internacional de los derechos humanos.

Pero al mismo tiempo, los años 1990s atrajeron la atención al desafío de los derechos humanos que surgían del proceso en rápida aceleración de la globalización económicael flujo internacional no regulado del capital, el trabajo, y la inversión. La globalización trajo preguntas profundas acerca de la relación existente entre soberanía política, identidad nacional y derechos humanos. Más allá de la existencia de instituciones internacionales dedicadas a los derechos humanos, los derechos han sido históricamente derivados de la pertenencia a un estado nación, y la libertad a menudo depende de la existencia de un poder político que lo haga cumplir.

Los ataques terroristas del 11 de Septiembre de 2001 nos trajeron un nuevo repliegue en los derechos humanos como política oficial de los Estados Unidos. Incluso antes de los ataques, la administración Bush había dejado en claro su renuencia a adherir a los tratados internacionales, tal como el Protocolo de Kyoto sobre calentamiento global. Ahora, en el lanzamiento de una “guerra contra el terrorismo,” la administración repudió a las Naciones Unidas, la nueva Corte Criminal Internacional, y a los tratados de larga data que rigen el tratamiento de los prisioneros de guerra y de aquellos acusados de crímenes.

Como en guerras previas, la idea de una batalla global sin fin entre la libertad y sus opositores fue invocada para justificar serias infracciones sobre las libertades civiles en casa. Las protecciones legalesincluyendo el hábeas corpus, el juicio por un jurado imparcial, el derecho a una representación legal, y la igualdad ante la ley sin importar la raza o el origen nacionalfueron mutiladas. El Departamento de Justicia arguyó en la Corte que cualquier persona, sea ciudadana o no, acusada de ayudar al terrorismo, podría ser detenida indefinidamente sin cargosuna política que viola siglos de jurisprudencia anglosajona, a la Constitución y a las leyes de derechos humanos. Esta política fue llevada a cabo en la Bahía de Guantánamo, donde cientos de convictos han sido detenidos por cerca de cinco años sin cargo o juicio. Fue codificada en la Military Commissions Act (Ley de Comisiones Militares, MCA) de 2006, la cual despoja a las cortes de cualquier competencia para revisar aquellas detenciones ordenadas por el brazo ejecutivo. Esta cláusula de la MCA ya ha sido desafiada en las cortes, y su destino es incierto.

Los funcionarios de la Administración Bush también insistieron en que Estados Unidos no necesita atarse a la ley internacional en el cumplimiento de su guerra contra el terrorismo. Estuvieron especialmente ansiosos de hacer a un lado las convenciones de Ginebra y la Convención Internacional Contra la Tortura. El consejero de la Casa Blanca Alberto Gonzales, quien más tarde se volvió Fiscal General, le aseguró al presidente que los acuerdos de Ginebra eran “arcaicos” y “obsoletos” en este “nuevo tipo de guerra.” El Departamento de Defensa aprobó métodos de interrogación que la mayoría de los observadores consideraron tortura, una política ya convertida en ley por la MCA.
Además, la CIA diseñó una serie de cárceles en países extranjeros por fuera de la tradicional cadena de mando militar, y participó de la “rendición” de sospechosos (es decir, los secuestró y los envió secretamente a presiones dirigidas por países tales como Egipto, Yemen, y los estados anteriormente comunistas de Europa Oriental, donde se practica la tortura). Las fotografías de los prisioneros de Abu Ghraib realizadas por soldados norteamericanos, que fueron publicadas por todo el mundo en diarios, la televisión e Internet, hicieron más que cualquier otra cosa en la memoria viviente para menoscabar la reputación de los Estados Unidos como un país que adhiere a los estándares de un comportamiento civilizado, a los derechos humanos, y al respeto por la ley.

Un Retorno a la Cooperación

Si esta breve historia prueba alguna cosa, es que, como advirtió un jurista del siglo XVIII, “el precio de la libertad es la eterna vigilancia.” Más allá del rol vital que los Estados Unidos ha jugado en ciertos puntos de nuestra historia en promover la idea de los derechos humanos, el respeto de estos derechos no puede darse por entendido.

Poco tiempo antes de su muerte en 1970, el historiador Richard Hofstadter fue entrevistado por Newsweek. El resultado fue una reflexión melancólica sobre una sociedad que confrontaba lo que llamó una “crisis del espíritu.” Se refería a la agitación de los ‘60sel movimiento anti-guerra, la revolución negra, la alienación de la juventud. Finalmente, dijo, la concepción que la sociedad norteamericana tiene de sí misma debe cambiar. “Pienso que parte del problema es que la percepción de nosotros mismos no ha disminuido tanto como debiera.” Los Estados Unidos, parecía decir, necesita aceptar ciertas limitaciones de su poder para moldear al mundo.

La humildad nacional será una medicina amarga para una nación que siempre se ha considerado a sí misma una ciudad sobre la colina, un faro para el mundo. A pesar de que la independencia norteamericana fue proclamada por hombres ansiosos de demostrar, tal como Jefferson escribió en la Declaración de la Independencia, “un respeto decente de las opiniones del género humano.” Si el compromiso de nuestra nación con los derechos humanos, en casa y en el exterior, ha de ser reforzado luego de la época oscura que ahora estamos atravesando, tal cosa deberá ser, como lo ha sido en el pasado, realizada por norteamericanos actuando en cooperación unos con los otros, y con el resto de la humanidad. Ningún esfuerzo unilateral para remodelar al mundo a nuestra propia imagen puede tener éxitoni siquiera en nombre de la libertad.


Eric Foner
Eric Foner, Profesor DeWitt Clinton de Historia en la Universidad de Columbia, es uno de los historiadores más prominentes de la nación, y un prolífico autor. Su último libro es Forever Free: The Story of Emancipation and Reconstruction (Libertad por Siempre: La Historia de la Emancipación y la Reconstrucción).

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