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¿Por qué nos resulta tan difícil actuar contra el cambio climático?

Climate Denial Debería ser fácil hacer frente al cambio climático. Existe un fuerte consenso científico apoyado por datos muy sólidos; consenso en la mayor parte del espectro religioso y político y entre las empresas, incluidas las corporaciones más grandes del mundo. La gran mayoría de las personas dicen estar preocupadas. Los objetivos son un reto, pero son alcanzables con tecnologías existentes, y habría beneficios abundantes y empleo disponible para quienes asuman el reto.

Entonces, ¿por qué ha ocurrido tan poco? ¿Por qué personas que afirman estar muy preocupadas por el cambio climático continúan sus estilos de vida de alto-carbono? ¿Y por qué, a medida que las advertencias se vuelven cada vez más fuertes, un número cada vez mayor de personas rechaza los argumentos de los científicos y la evidencia de sus propios ojos?

Estos, creo yo, serán las cuestiones clave para los futuros historiadores de la catástrofe climática que se despliega, al igual que los historiadores del Holocausto se preguntan ahora: “¿cómo pudo tanta gente buena y moral saber lo que estaba sucediendo y aún así hacer tan poco?”

Esta comparación con las violaciones masivas a los derechos humanos es un punto sorprendentemente útil para encontrar las respuestas a estas preguntas. En el libro States of Denial: Knowing About Atrocities and Suffering (Estados de negación: tomando conciencia de atrocidades y sufrimiento), Stanley Cohen estudia cómo las personas que viven bajo regímenes represivos resuelven el conflicto entre el imperativo moral de intervenir y la necesidad de protegerse a sí mismos y a sus familias. Encontró que las personas mantienen deliberadamente un cierto nivel de ignorancia, de manera tal que puedan afirmar que saben menos de lo que realmente saben. Exageran su propia impotencia y esperan indefinidamente para que otra persona actúe primero—un fenómeno que los psicólogos llaman el efecto espectador pasivo. Ambas estrategias se pueden encontrar tras la mayor parte de las actitudes generalizadas respecto al cambio climático.

Pero más interesante es la observación de Cohen de que las sociedades también negocian estrategias colectivas para evitar la acción. Él escribe: “Sin que se les diga qué pensar (o qué no pensar), las sociedades llegan a acuerdos no escritos sobre lo que puede ser recordado o reconocido públicamente”.

La Dra. Kari Marie Norgaard de la Universidad de California llega a una conclusión muy similar y argumenta que “la negación del calentamiento global es una construcción social”. Norgaard observa que la mayoría de las personas mantienen un profundo conflicto con el cambio climático y administran su ansiedad y culpabilidad excluyéndolo de las normas culturales que definen a qué deben prestar atención y sobre qué deben pensar—lo que ella llama sus “normas de atención”.

Según Norgaard, la mayoría de las personas ha acordado tácitamente que es socialmente incorrecto prestar atención al cambio climático. Este asunto no surge en las conversaciones, o como un tema en las votaciones, en el consumo o en las opciones de carrera. Somos como un comité que ha decidido evitar un problema espinoso conspirando para asegurarse que nunca sea incluido en el orden del día de cualquier reunión.

Hay muchas maneras diferentes en que la proximidad del cambio climático podría obligar por sí misma su aparición en nuestras agendas. Ya sentimos los efectos en nuestro entorno inmediato. Los científicos y los políticos nos instan a actuar. Los impactos amenazan directamente nuestros medios de vida personales y locales. Y, sobre todo, son nuestro consumo y riqueza los que están causándolo.

Sin embargo, las personas han decidido que pueden mantener el cambio climático fuera de sus “normas de atención” a través de un encuadre selectivo que crea la distancia máxima. En encuestas de opinión la mayoría de las personas lo definen como muy lejano (“es un problema mundial, no es un problema local”) o como lejano en el tiempo (“es un gran problema para las generaciones futuras”). Se abrazan al pequeño grupo de escépticos como evidencia de que “esto es sólo una teoría” y de que “todavía hay un debate”. Y estratégicamente trasladan las causas tan lejos como sea posible: “yo no soy el problema—son los chinos/los ricos/las grandes corporaciones”. Aquí en Europa rutinariamente culpamos a los estadounidenses.

En todos estos ejemplos, las personas han seleccionado, aislado, y luego exagerado los aspectos del cambio climático que mejor posibilitan su desapego. E, irónicamente, la investigación de los grupos de foco sugiere que las personas son capaces de crear una mayor distancia cuando el cambio climático se clasifica como un problema “medioambiental”.

Si damos un paso atrás, podemos ver que los impactos del cambio climático son tan amplios que igualmente bien podría ser definido como un importante problema económico, militar, agrícola o de derechos sociales. Pero sus causas (principalmente la contaminación por la quema de combustibles fósiles) llevaron a agruparlo con los problemas mundiales del “medio ambiente” durante la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Medio Ambiente y Desarrollo en 1992. Desde ese momento ha sido tratado por los Ministros de Medio Ambiente y los Departamentos de Medio Ambiente, y discutido en los medios de comunicación por los periodistas ambientales.

El tema fue entonces defendido por activistas ambientales que lo estamparon en forma indeleble con imágenes de vida silvestre mundial y un lenguaje de auto abnegación que hablaba de sus propias preocupaciones. Los mensajes actuales de cambio climático—los osos polares, la quema de bosques, los llamamientos a “vivir simplemente para que otros puedan simplemente vivir” y “volvernos ecológicos para salvar el planeta”—han sido filtrados a través de una ideología y visión del mundo minoritarias.

Por lo tanto, dentro de pocos años, el tema fue cargado con un conjunto de asociaciones y metáforas que permitirá al público en general excluirlo de sus principales preocupaciones (“no soy un ambientalista”), al igual que a los altos políticos (“el medio ambiente es importante pero los puestos de trabajo y la defensa son mi prioridad”).

Las organizaciones progresistas de la sociedad civil también evitaron la cuestión debido a sus connotaciones medioambientales. Hace dos años desafié a un activista de alto rango de Amnistía Internacional, la organización de derechos humanos más grande del mundo, a explicar por qué Amnistía no mencionaba el cambio climático en su sitio Web. Estuvo de acuerdo en que es una cuestión importante pero consideraba que Amnistía “realmente no se ocupaba de cuestiones ambientales”. En otras palabras eso estaba fuera de sus “normas de atención”.

Respuestas mucho más agresivas que estigmatizan a los ambientalistas crean mayores distancias. En una entrevista en 2007, Michael O'Leary, CEO de Ryan Air, la aerolínea de bajo costo más grande del mundo, dijo:

 “Los ambientalistas son como los locos de la paz en la década de 1970. No se puede cambiar el mundo poniéndose pantalones de jean o sandalias. Escucho todas estas estupideces acerca de bajar la calefacción central, de volver a las velas, de regresar a la Edad Oscura. Esto sólo complace su angustia y culpabilidad de clase media y mediana edad. Es simplemente otra forma de robarle a los consumidores en apuros”.

La diatriba de O´Leary—que podría ser repetido por cualquier número de comentaristas de derecha en los Estados Unidos—juega más sobre el tema de las normas culturales. Al definir el cambio climático como una cuestión ambiental que puede colocarse firmemente en el dominio de los aguafiestas santurrones que quieren quitarle a la gente los lujos que tan duramente se han ganado, su mensaje es claro: “La gente como nosotros no cree en esta basura”.

Pero, como suele ser el caso con el cambio climático, O´Leary está invocando metáforas mucho más complejas sobre la libertad y la elección. El cambio climático se presenta invariablemente como una amenaza abrumadora que requiere de gran moderación, sacrificio e intervención del Gobierno. Las metáforas que invoca son venenosas para personas que se sienten recompensadas por el capitalismo de libre mercado y desconfían de la injerencia del Gobierno. No es de extrañar que una Encuesta Estadounidense sobre el Valor del Clima de octubre de 2008 haya demostrado que tres veces más republicanos que demócratas creen que “se hace demasiado alboroto sobre el calentamiento global”. Otra encuesta realizada por la firma canadiense Haddock Research mostró que la mitad de los republicanos se niega a creer que esto sea causado por los seres humanos.

Esta polarización política se está produciendo en todo el mundo desarrollado y es una tendencia preocupante. Si una incredulidad respecto al cambio climático se convierte en una marca de identidad política de alguien, es mucho más probable que sea compartida entre las personas que se conocen y confían entre sí, haciéndose cada vez más arraigada y resistente al argumento externo.

Dicho esto, el cambio climático es un campo de movimiento rápido. Cada vez más los graves impactos climáticos reforzarán las advertencias teóricas de científicos con evidencia mucho más tangible e inmediata. Y mirando hacia atrás en la historia hay abundantes ejemplos de momentos en que las actitudes del público han cambiado súbitamente a raíz de sucesos traumáticos—como fue el caso con la entrada de EE.UU. en ambas guerras mundiales.

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Mientras tanto, hay una necesidad urgente de aumentar tanto el nivel como la calidad de la participación pública. Hasta la fecha la mayor parte de la información ha sido o bien en forma de presentaciones o secos reportes jerárquicos a cargo de expertos, o bien advertencias emotivas y apocalípticas de grupos de campaña y medios de comunicación. La película An Inconvenient Truth (Una Verdad Incómoda), que se sitúa en algún lugar entre estos enfoques, reforzó las tendencias de prevención existentes de evitar el asunto: que se trataba de una cuestión mundial enorme y difícil. La película fue llevada por el encanto y la autoridad de Al Gore, pero esta dependencia de celebridades de gran alcance también le quita poder a los individuos que están, recordemos, demasiado dispuestos a aceptar que no hay ningún papel útil que ellos pueden desempeñar.

Es extraño que las comunicaciones sobre el clima parezcan estar tan profundamente arraigadas en este formato de conferencia pública del siglo XIX, especialmente en Estados Unidos, que es líder mundial en el estudio de la motivación personal. Al Gore, después de todo, perdió una campaña política contra un oponente mucho menos calificado pero cuyos asesores realmente entendieron la psicología del público estadounidense.

Cómo hacer que se involucre la gente

¿Cómo podemos energizar a las personas e impedir que se queden pasivamente al margen?

Debemos recordar que la gente sólo aceptará un mensaje desafiante si está en su propio idioma, si es congruente con sus valores y si proviene de un comunicador de confianza. Para cada público estos serán diferentes: el lenguaje y los valores de un cristiano de Lubbock serán muy diferentes de los de un liberal de Berkeley. La prioridad para los ambientalistas y científicos debe ser la de retroceder y permitir una diversidad de voces y oradores mucho más amplia.

Debemos reconocer que los más confiables transportadores de nuevas ideas no son expertos o celebridades sino gente que ya conocemos. Permitir a la gente común tomar posesión personal de la cuestión y hablar a los demás en sus propias palabras, no es sólo la mejor manera de convencer, es la mejor manera de forzar a que el cambio climático regrese a las “normas de atención” de la gente.

Y finalmente tenemos que reconocer que las personas, para iniciar un viaje, están mejor motivadas por una visión positiva de su destino—en este caso por la comprensión de los beneficios reales y personales que pueden provenir de un mundo con bajas emisiones de carbono. Sin embargo, no es suficiente preparar una proyección de diapositivas y un informe brillante, que sólo crea más distancia y se somete al prejuicio dominante contra los ambientalistas fantasiosos. La gente debe ver que los cambios necesarios se están realizando ahora a su alrededor: remodelación e instalación de aislación en los edificios de sus barrios, coches eléctricos en el camino de entrada, y en todas partes las adaptaciones físicas que necesitamos administrar para las nuevas condiciones meteorológicas. Si el gobierno de Estados Unidos tuviera una única estrategia, debería ser la de crear tal ubicuidad de cambio visible que la transición no sea sólo deseable sino inevitable. Necesitamos enfatizar que éste no es un calentamiento global distante y de difícil solución, sino un cambio climático muy cercano y rápido, y debemos proclamarlo desde cada tejado con paneles solares.


George MarshallGeorge Marshall escribió este artículo para Acción por el clima, la edición de invierno de 2010 de YES! Magazine. George es el fundador de Climate Outreach and Information Network. Es el autor de Carbon Detox: Your Step by Step Guide to Getting Real About Climate Change (Desintoxicación de carbono: su guía paso a paso para ser realista sobre el cambio climático), carbondetox.org y publica artículos sobre la psicología del cambio climático en climatedenial.org

 

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