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Una Mejor Salud a Través de una Riqueza Más Justa

Recientemente vi un aviso para un servicio de empleo que decía: “Si piensas que el cigarrillo es malo para tu salud, prueba con un trabajo sin salida”. Esta advertencia podría ser más que una propaganda sarcástica: la investigación en salud pública nos dice actualmente que un status socioeconómico más bajo puede ser más dañino que los hábitos personales riesgosos, como fumar o comer comida chatarra.

En 1967, el epidemiólogo británico Michael Marmot empezó a estudiar la relación entre pobreza y salud. Él demostró que cada escalón hacia arriba o hacia abajo en la escalera socioeconómica se correlaciona con niveles de salud en incremento o decremento.

Pasando el tiempo, la investigación que vinculaba salud y riqueza se volvió más ajustada. Resulta que “lo que importa para determinar la mortalidad y la salud en una sociedad, no es tanto la riqueza general de esta sociedad, sino más bien qué tan equitativamente se encuentra distribuida esta riqueza; cuanto más justa sea la distribución de la riqueza, mayor será el nivel de salud pública para esta sociedad”, de acuerdo a los editores del número de Abril de 1996 de la Revista Médica Británica. En ese número el epidemiólogo norteamericano George Kaplan y sus colegas demostraron que la disparidad del ingreso en cada uno de los estados americanos individuales, más que el ingreso promedio por estado, predecía la tasa de mortalidad.

“El Epidemiólogo de la Gente”, un artículo en el número de Marzo/Abril de 2006 de la Revista Harvard, lleva al análisis un paso más. Las fuerzas sociales fundamentales tales como “la pobreza, la discriminación, los trabajos estresantes, las empresas de alimentos globales dirigidas por el marketing, las viviendas de baja calidad, vecindarios peligrosos, etc.” son los que realmente causan enfermedades en los individuos, de acuerdo al estudio citado en el artículo. Nancy Krieger, la epidemióloga presentada en el artículo, ha demostrado que la pobreza y otros determinantes sociales son tan formidables como los microbios hostiles o los hábitos personales, en lo que respecta a su capacidad para enfermarnos. Esto puede parecer obvio, pero es una idea revolucionaria: el público en general cree que las malas elecciones en el estilo de vida, los genes fallidos, los agentes infecciosos y los venenos, son los factores principales que llevan a la enfermedad.

Krieger es una de los muchos investigadores prominentes que están realizando las conexiones entre salud e inequidad. Michael Marmot recientemente explicó en su libro El Síndrome del Status (The Status Syndrome), que la experiencia de la inequidad impacta sobre la salud, haciendo que la percepción de nuestro lugar en la jerarquía social sea un factor importante. De acuerdo a Ichiro Kawachi, de Harvard, la distribución de la salud en los Estados Unidos se ha vuelto un “importante problema de salud pública”. Los reclamos de Kawachi y sus colegas empujan a la salud pública firmemente dentro del escenario político, a donde algunas personas piensan que no pertenece. Pero los lazos entre el status socioeconómico y la salud son tan convincentes que los investigadores de la salud pública están comenzando a sugerir remedios económicos y políticos.

Richard Wilkinson, un epidemiólogo de la Universidad en Nottingham, señala que no estamos destinados a vivir en una jerarquía de dominación estresante que nos enferme; podemos elegir crear sociedades más igualitarias. En su libro, El Impacto de la Inequidad (The Impact of Inequality), Wilkinson sugiere que la propiedad de los trabajadores puede proveer un camino hacia una igualdad mayor y, en consecuencia, a una mejor salud. Stephen Bezruchka, de la Universidad de Washington, otro investigador líder sobre status y salud, también nos recuerda que podemos elegir. Él nos alienta a participar en nuestra democracia para efectuar el cambio. En una conferencia de 2003 dijo que “trabajar juntos y organizarnos es nuestra esperanza.”

Siempre es cierto que tenemos elecciones, pero algunas condiciones nos animan a crear el futuro, mientras que otras nos invitan a la desesperanza. En lo que se refiere a la asistencia sanitaria en estos días, los norteamericanos se encuentran renuentes a actuar porque estamos llenos de miedo. Tenemos miedo: miedo porque no tenemos un seguro de salud, miedo de perderlo si ya lo tenemos o miedo de que el seguro que tenemos pueda no cubrir nuestros gastos médicos. Pero a la sombra de estos miedos yace un miedo aún más grande: el miedo a la pobreza, la cual puede causar, o ser causada por, la enfermedad.

En los Estados Unidos tenemos todos los recursos que necesitamos para crear un nuevo panorama: una abundancia de talento, ideas, inteligencia y riqueza material. Podemos decidir crear una sociedad que no sólo incluya asistencia médica garantizada sino que también reemplace nuestro agobiante clima de miedo por una cultura creativa del compromiso. Como sugieren Wilkinson y Bezruchka, podemos elegir trabajar por una mejor salud, trabajando por una mayor igualdad.


Brydie Ragan es una defensora infatigable por la asistencia médica garantizada. Viaja por toda la nación para presentar Comparte La Salud (Share the Health), un programa que inspira a los norteamericanos a visualizar una asistencia médica para todos.

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