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¿Quién gobernará?

Los movimientos ciudadanos están demostrando que podemos enfrentarnos al poder corporativo, y construir juntos un futuro que funcione para toda la vida.
Acciones de Documento

Illustration by Don Baker
Ilustración por Don Baker para YES! Magazine. www.evidenceofhumanity.org
El poder corporativo yace detrás de casi todos los problemas importantes que enfrentamos—desde los salarios estancados y una atención médica impagable, hasta el exceso de consumo y el calentamiento global. En algunos casos es la causa del problema, mientras que en otros el poder corporativo es una barrera que impide soluciones de alcance sistémico. Esta dominación del poder corporativo es tan penetrante que ha llegado a verse como inevitable. La tomamos por descontada a tal punto que fallamos en verla. Sin embargo, está impidiendo alcanzar las soluciones para algunos de los problemas más urgentes de nuestro tiempo.

Si el calentamiento global es una amenaza masiva para nuestro planeta, y si la mayoría de los ciudadanos estadounidenses desean acciones concretas, ¿por qué el gobierno de Estados Unidos es tan lento para atacarlo? En gran parte porque las corporaciones están utilizando el cabildeo y financiando campañas para restringir cualquier avance significativo.

¿Por qué los puestos de trabajo se están mudando al exterior, deprimiendo los salarios en casa y dejando subempleadas o desempleadas a crecientes cantidades de personas? En gran parte porque los tratados de comercio bosquejados en cuartos traseros dominados por las corporaciones han cambiado las reglas de la economía global, permitiendo a la globalización acelerarse masivamente en términos amigables a las corporaciones, a expensas de las trabajadoras y trabajadores, las comunidades y el medioambiente.

¿Por qué los sindicatos están declinando y desapareciendo las prestaciones? En gran parte porque el poder corporativo eclipsa inmensamente el poder de trabajadoras y trabajadores y del gobierno, y también porque las corporaciones ponen a una región contra la otra, colapsando a los sindicatos para disminuir los costos del trabajo mientras disparan sus ganancias, alimentando una estampida masiva en el mercado de acciones.

¿Por qué fueron desreguladas la electricidad, la industria del ahorro y del préstamo, y otras industrias críticas, contribuyendo a enormes debacles cuyos costos son pagados por el público? En gran parte porque la teoría del mercado libre, permitida por las contribuciones de campaña y el cabildeo, sedujo a los funcionarios electos a confiar en el mercado para que se regule a sí mismo.

Con todo lo que está sucediendo, ¿por qué no leemos más acerca de la penetración del poder corporativo? En gran parte porque incluso el “Cuarto Poder”, nuestros medios de comunicación, están poseídos por un puñado de mega-corporaciones.

Las grandes corporaciones se han vuelto gobiernos de facto, y la ética que domina a las corporaciones ha llegado a dominar a la sociedad. Maximizar los beneficios, manteniendo bajos los salarios y canalizando los costos al medio ambiente, se han vuelto las dinámicas centrales de la economía entera y virtualmente de toda la sociedad.
Lo que estamos perdiendo es el bien público, el sentido de que la vida es más que consumir, y la comprensión de que los mercados no pueden gestionar todos los aspectos del orden social.

Lo que se pierde también es el propósito original de las corporaciones, el cual consistía en servir al bien público.

Detail from illustration by Don Baker
Detaille de una ilustración de Don Baker paraYES! Magazine.
Un movimiento por el bien público

La solución es volver a poner a las corporaciones bajo el control ciudadano y al servicio del bien público. Los componentes principales de tal movimiento ya existen—incluyendo a sindicatos organizados, ambientalistas, activistas religiosos, accionistas activistas, estudiantes, granjeras y granjeros, defensores del consumidor, activistas de la salud, y organizaciones basadas en la comunidad.

Hemos visto el poder de la gente común trabajando juntas en las calles de Seattle en 1999, desafiando a la Organización Mundial del Comercio. Les hemos visto lograr resultados impresionantes—restringiendo los abusos del trabajo explotador, limitando la publicidad del tabaco, desafiando al financiamiento depredador en casa y en el exterior, y protegiendo millones de hectáreas de bosques, para nombrar tan sólo algunos éxitos.

También hemos visto el crecimiento de diseños económicos amigables con la comunidad, tales como empresas gestionadas por trabajadores, cooperativas, y consorcios de tierras que, por diseño, colocan al bienestar humano y ambiental en primer lugar.

El foco sobre el poder corporativo

Cada uno de estos movimientos abogan por comunidades saludables, por una economía moral, y por el bien común. Si actuaran juntos, poseerían un enorme poder colectivo. Pero por ahora no existe un todo, solamente partes desconectadas. A pesar de muchos logros, la brecha de poder entre las corporaciones y las fuerzas democráticas se ha ampliado enormemente en las décadas recientes.

Activistas y ciudadanos están comenzando a cambiar esto. Podemos construir sobre este trabajo. Pero si vamos a cerrar la brecha de poder, nuestras estrategias deben evolucionar. Necesitamos soñar a lo grande, hablar con una única voz que atreviese todos los sectores, y actuar más estratégicamente. Necesitamos enfocarnos menos en los síntomas del abuso corporativo y más en la causa subyacente—el excesivo poder corporativo. Debemos reconocer que al fin y al cabo nuestra lucha es por poder. No se trata solamente de hacer a las corporaciones más responsables, sino de hacerlas nuestros sirvientes, en gran parte de la misma forma en la cual los funcionarios electos sirven al público.

Necesitamos de lo que el movimiento carece ahora: una visión coherente del rol que deseamos que jueguen las corporaciones en nuestra sociedad y una estrategia para lograr tal visión. Se trata de colocar a Nosotros El Pueblo de vuelta a cargo de nuestro futuro, en reemplazo de estas bestias robóticas que sólo fijan su mirada en el crecimiento a corto plazo y en las altas ganancias, sin importar las consecuencias.

Los meandros de muchos pequeños movimientos deben fluir juntos en un único río, creando un movimiento global para volver a colocar a las corporaciones bajo el control de los ciudadanos y de sus gobiernos electos. La urgente necesidad de una acción unificada ha impulsado a un pequeño grupo de organizaciones a comenzar una Iniciativa Corporativa Estratégica (ICE) de largo plazo, de la cual nosotros somos parte.

Detail from illustration by Don Baker
Detaille de una ilustración de Don Baker paraYES! Magazine.
Un camino adelante

Durante los últimos dieciocho meses, el equipo ICE entrevistó a docenas de colegas y ejecutivos de negocios progresistas para desarrollar una estrategia coherente a largo plazo para frenar a las corporaciones. Emergieron tres caminos estratégicos principales:

1. Necesitamos restaurar a la democracia y reconstruir las fuerzas compensatorias que puedan controlar el poder corporativo.

A un nivel comunitario, esto significa elevar los derechos de las municipalidades locales sobre las corporaciones. Las comunidades deberían tener el derecho a determinar cuáles compañías harán negocios en sus jurisdicciones y a establecer requerimientos, tales como salarios dignos y garantías ambientales.

A nivel nacional, restaurar la democracia significa separar a las corporaciones y al estado. Las corporaciones y los ricos no deberían estar habilitados para dominar los procesos electorales y legislativos.

A nivel internacional, la tarea es crear acuerdos e instituciones para hacer de los derechos sociales, ambientales y humanos una parte integral de las reglas económicas globales.

2. Necesitamos restringir severamente los dominios en las cuales operan las corporaciones con fines de lucro. La mayoría de las industrias extractivas (pesquera, petrolera, del carbón, minera, forestal), toman la riqueza de los bienes ecológicos comunes mientras pagan montos únicamente simbólicos a los gobiernos, dejando atrás ecosistemas dañados y recursos agotados. La solución es desarrollar instituciones fuertes que posean los derechos de propiedad sobre la riqueza común. Cuando los bienes públicos sean escasos o estén amenazados, necesitamos limitar su uso, asignar derechos de propiedad a consorcios o autoridades públicas, y cobrar precios de mercado a los usuarios. Con límites legales y sistemas de gestión claros, el conflicto sobre los bienes públicos se desplaza desde una negociación asimétrica entre corporaciones locales poderosas y un sector público debilitado, a una disputa resuelta considerando al bien común.

3. Necesitamos rediseñar a la corporación en sí misma, así como al sistema de mercado en el cual las corporaciones operan. Las dinámicas internas de las compañías actualmente funcionan como un horno cuya temperatura sólo puede incrementarse. Todos los circuitos de retroalimentación internos dicen: más rápido, más alto, más ganancias a corto plazo. Y maximizar los beneficios a corto plazo lleva a los despidos, a luchar contra los sindicatos, a demandar subsidios al gobierno, y a generar crecientes tensiones consumistas sobre el ecosistema.

Para prevenir el sobrecalentamiento, el sistema necesita datos de entrada consistentes provistos por accionistas no financieros, para que la búsqueda de beneficios esté equilibrada con los derechos y las necesidades de los empleados, la comunidad y el medioambiente.

Para terminar con el “cortoplacismo”, los incentivos de la compañía—incluyendo los pagos a ejecutivos—deberían estar atados a mediciones de cuán bien está sirviendo la compañía al bien común. Las opciones accionarias que inflan el pago a ejecutivos deberían ser prohibidas o rediseñadas. El comercio a corto plazo especulativo en acciones debería ser gravado a tasas significativamente más altas que las inversiones a largo plazo. Las empresas deberían ser calificadas por sus historiales laborales, ambientales y comunitarios, con los gobiernos utilizando su poder financiero—a través de impuestos, compras, inversiones y subsidios—para premiar a los buenos muchachos y estigmatizar a los malos.

Al mismo tiempo, necesitamos celebrar y alentar los diseños corporativos alternativos, tales como corporaciones con fines de beneficio, cooperativas poseídas por la comunidad, consorcios, y empresas gestionadas por trabajadoras y trabajadores.

Los caminos bosquejados aquí no representan un imposible. Con un movimiento de ciudadanos, podríamos convertir estas meditaciones en realidad en 20 años.

Detail from illustration by Don Baker
Detaille de una ilustración de Don Baker paraYES! Magazine.
Construyendo un movimiento global de la ciudadanía

¿Cómo podemos cambiar las leyes que regulan el comportamiento corporativo cuando las corporaciones dominan el proceso político? La respuesta es que el cambio comienza con la gente, y no con su gobierno. Siempre ha sido así. Las organizaciones de la sociedad civil y las comunidades pueden alinear sus intereses para producir una ola que los líderes del gobierno deban ya sea navegar o ahogarse en ella.

La gente controla la cuestión vital de la legitimidad, y ningún sistema puede sostenerse a la larga cuando pierde su legitimidad, como ha demostrado la caída de los dictadores durante el siglo XX. Las corporaciones ya han perdido mucha de su legitimidad moral. Business Week en 2002 encontró que más de cuatro personas de cada cinco creían que las corporaciones eran demasiado poderosas. Una encuesta nacional de Lake, Snell, Perry, y Mermin hace dos años concluyó que más de tres cuartas partes de la gente norteamericana desconfía de los ejecutivos y los culpa por la pérdida de puestos de trabajo. Una encuesta internacional de Globe Scan recientemente encontró a las corporaciones mucho más atrás de las organizaciones no gubernamentales en la confianza del público.

Más eventos disparadores yacen delante que crearán mayores aperturas para el cambio. Podemos esperar ver nuevas catástrofes por el calentamiento global, alzas impagables en el precio de la energía, y nuevos escándalos corporativos. Podemos aprovechar estas aperturas si podemos ayudar a la gente a conectar los puntos, dándose cuenta de la conexión, por ejemplo, entre la paga excesiva a los ejecutivos, el cortoplacismo de las compañías, y la incapacidad del sector privado para gestionar los problemas de largo plazo tales como la crisis energética y el calentamiento global.

También necesitamos marcos conceptuales que enlacen y reúnan diversos movimientos en un discurso en común. Actualmente nuestra economía está dominada por un marco conceptual de Fundamentalismo de Mercado, basada en la creencia de que cuando el propio interés se deja libre, la “mano invisible” de Adam Smith creará prosperidad para todos. También es dominante el marco de la Propiedad Privada, que justifica las acciones de ejecutivos y accionistas para explotar a los trabajadores, las comunidades, y el ambiente con el objeto de maximizar el valor de la “propiedad” del accionista y el ejecutivo, en posesión compartida.

Podemos proponer nuevos marcos. La “Economía Moral”, por ejemplo, es un marco que coloca en un contexto moral el despido de miles de empleados y el simultáneo otorgamiento de premios multimillonarios a los ejecutivos. Sugerido por Fred Block del Instituto Longview, el marco de la Economía Moral invita a la introducción de nuevas fuerzas sistémicas dentro de las dinámicas del mercado para proteger el orden moral, y contrabalancear el comportamiento amoral, de corto plazo y egocéntrico del Fundamentalismo de Mercado.

Dentro del amplio marco de trabajo de una Economía Moral, otros marcos como la Comunidad y los Bienes en Común desafían la supremacía del individualismo y el interés propio en el marco del Fundamentalismo de Mercado. El bienestar de la comunidad se vuelve el estándar por medio del cual se juzgan las prácticas de negocios, y las comunidades mismas se vuelven los árbitros que determinan si tales estándares se cumplen. Los Bienes en Común representan nuestra propiedad y riqueza compartidas, las cuales no existen para ser explotadas para beneficio egoísta de unos pocos.

Nuevos marcos conceptuales, eventos disparadores, una crisis de legitimidad—elementos como éstos pueden servir para la construcción de un movimiento de ciudadanos. Pero no podemos esperar simplemente a que este movimiento se forme espontáneamente. En el ámbito internacional, necesitamos organizaciones regionales para reunirse y ponerse de acuerdo sobre prioridades globales. Al nivel nacional, asimismo necesitamos debates que forjen prioridades estratégicas. En el ámbito comunitario, necesitamos crear una red de municipalidades trabajando juntas para desafiar los derechos corporativos, promover las formas de negocios alternativas, e inventariar y reclamar los activos de nuestra riqueza en común. Las comunidades también pueden tomar el liderazgo en la creación de un financiamiento público de las campañas, y en condicionar las políticas de inversión y compra a las evaluaciones sociales de las corporaciones.

La idea no es que la gente dejará sus cuestiones y adoptará nuevas, sino que podemos aprender a hacer las dos cosas al mismo tiempo. Podemos entretejernos dentro de un movimiento único adoptando marcos en común e integrando prioridades estratégicas compartidas dentro de las campañas existentes. Por ejemplo, las campañas que cubran cualquier cuestión, desde el medio ambiente hasta los salarios dignos, podrían demandar que las compañías en cuestión renuncien a cualquier intromisión en campañas políticas.

Como individuos, podemos relegar nuestras identidades como consumidores e inversores a un nivel secundario, elevando a un primer nivel nuestras entidades como ciudadanos y miembros de familias y comunidades, gente con una responsabilidad por el mundo natural y con obligaciones morales recíprocas. Podemos parar de creer la historia de que el gobierno es ineficiente y desperdiciador, comprendiendo que el problema real es la forma en la que las corporaciones y el dinero dominan al gobierno. Podemos parar de pensar que la solución se trata de más Demócratas en el poder, y darnos cuenta de que es más democracia.

Los cambios transformadores que necesitamos no estarán en la agenda de ningún partido hasta que el movimiento de ciudadanos los coloque allí. Depende de nosotros la construcción de este movimiento. Al unirnos—al enfrentarnos con los impedimentos estructurales comunes que bloquean el progreso—podemos hacer posible para todos nosotros el logro de la variedad de objetivos por los cuales estamos luchando actualmente.

¿Cómo afectaría a las campañas actuales la reducción del poder subyacente de las corporaciones? Finalizar con las contribuciones corporativas de campaña y la publicidad política beneficiaría a gran cantidad de causas del interés público. ¿Con qué frecuencia han sido vencidas en años recientes las iniciativas para proteger a los bosques, incrementar el reciclado, lograr cobertura de salud, y elevar el salario mínimo, a mano de las corporaciones que sobrepasan a sus oponentes de la sociedad civil por una relación de 30 a 1? Todos hemos sido testigos de líderes electos que se mueven al centro político una vez que han comenzado a recibir un flujo estable de contribuciones corporativas.

De la misma forma, si pudiéramos reducir los 13.000 cabilderos corporativos registrados en Washington D.C., y terminar la puerta giratoria entre los reguladores del gobierno y las corporaciones, ¿se les permitiría a un puñado de compañías controlar la parte del león en nuestros medios de comunicación? ¿Todavía estarían desreguladas las compañías de ahorro y préstamo, de energía, transporte y tabaco? ¿Las empresas del petróleo y del carbón estarían todavía a cargo de nuestra política energética?

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Detaille de una ilustración de Don Baker paraYES! Magazine.
Imagina...
 
Imagina lo que podría pasar en veinte años si nuestros esfuerzos fuesen exitosos y la gente pudiese una vez más gobernarse a sí misma. Se dibujaría cuidadosamente una línea entre las corporaciones y el estado, reduciendo la influencia financiera sobre las elecciones y la legislación, haciendo posible una generación completamente nueva de funcionarios electos progresistas asignados a la transformación social.

En 20 años, imagina que las instituciones de la economía global sean supervisadas para que las cuestiones del trabajo y el medioambiente estén integradas dentro de las políticas de comercio, y las naciones pobres sean liberadas de las deudas internacionales impagables. Que las reglas de comercio e inversión promuevan el intercambio justo, y los gobiernos nacionales tengan el espacio político para apoyar los objetivos sociales y ambientales domésticos. Que las corporaciones transnacionales que realicen acciones destructivas sean mantenidas responsables en una Corte Mundial para Crímenes Corporativos.

En 20 años, imagina que el autogobierno comunitario se haya vuelto la nueva norma. Que las compañías ya no puedan abrir nuevas tiendas en comunidades donde no se las desea, o colocar a una comunidad contra la otra para extraer subsidios públicos ilegítimos. Imagina que valoremos y protejamos nuestra preciosa riqueza en común, desde los bienes ecológicos tales como el aire, el agua, los peces, las semillas, hasta los bienes culturales como la música y la ciencia.

En 20 años, imagina que para las corporaciones constituya una violación de sus responsabilidades fiduciarias pagar a los ejecutivos montos obscenos, o luchar agresivamente contra los sindicatos y cabildear contra las defensas ambientales. Que las compañías responsables protejan el medio ambiente como si hubiese un mañana, y que vean al conocimiento de sus trabajadores y la reputación de la compañía en las comunidades donde operan como sus mayores activos. Imagina que tales compañías reciban trato preferencial en las compras del gobierno, las políticas de inversión y de impuestos, mientras que las compañías irresponsables se encuentren a sí mismas excluidas de los contratos gubernamentales.

Imagina que tengamos una nueva política nacional para hacer de la propiedad del trabajador algo tan común como lo es hoy la propiedad privada del hogar. Y que los diseños alternativos de empresas—tales como cooperativas y nuevas empresas con fines de beneficios—crezcan y florezcan.

Imagina, en otras palabras, que Nosotros el Pueblo seamos capaces de reclamar nuestra economía y nuestra sociedad del control corporativo. Atrevernos a soñar que sea posible un giro tal de circunstancias—y trazar el camino para llegar allí—es un desafío crítico de nuestro nuevo siglo.


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Michael Marx es el director de Corporate Ethics International (CEI) en Portland, Oregon. Marjorie Kelly trabaja con el Tellus Institute en Boston y es aurtora de The Divine Right of Capital. Forman parte de la Iniciativa Corporativa Estratégica, un grupo que enlace a proyectos que trabajan para limitar el poder corporativo, e inspiran cambio hacia una sociedad y economía más democrática.

Lea más sobre el SCI y lea su informe completo (en inglés): “Strategic Corporate Initiative: Toward a Global Citizens' Movement to Bring Corporations Back Under Control.”

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Desafía el poder de las corporaciones
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