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Vida reclamada

Después de crecer en medio de la violencia y el acoso, Jarid Manos encontró una salida para sí y para los jóvenes con problemas: restaurando los ecosistemas de las praderas. Madeline Ostrander entrevista a Jarid Manos

Jarid Manos. Foto del Great Plains Restoration Council
Jarid Manos.
Foto del Great Plains Restoration Council
Jarid Manos soñaba con búfalos, perros de las praderas y las Grandes Llanuras, incluso mientras vendía drogas en las calles de la ciudad de Nueva York. En su niñez en las zonas rurales de Ohio, Manos le hacía frente a la negligencia, el racismo y el abuso sexual buscando refugio en bosques y praderas y en los libros de historia natural de la biblioteca local. Se fue de Texas siendo joven, y pasó mucho de su juventud adulta a la deriva entre una vida de crímenes en Nueva York y en largos viajes de meses de duración a través de las Llanuras y el Suroeste, donde visitó reservas indígenas, acampó solo en pasturasy desiertos, rezó y luchó contra la depresión y la ira.

A fines de los ’80, Manos se enteró de Buffalo Commons, una idea iniciada por dos estudiantes de Rutgers para reintroducir al búfalo en los despoblados condados centrales de Norteamérica. La idea se volvió una inspiración. Manos comenzó a desarrollar una visión de una organización que sanaría a la gente y a las praderas. Puso en orden su vida, consiguió empleo en una tienda de comida saludable, se volvió vegetariano y comenzó a practicar ciclismo de montaña. Se conectó con grupos de justicia social y medioambientales y aprendió a organizar a la gente.

Manos fundó el Consejo de Restauración de las Grandes Llanuras (GPRC) en 1999 en Fort Worth, Texas. Ahora recluta jóvenes del centro de la ciudad de Fort Worth y la Reserva Indígena Pine Ridge en Dakota del Sur que son víctimas de la violencia y la pobreza, y los pone a trabajar restaurando la pradera. Su grupo también ha detenido la construcción de casas en una pradera de pastos altos del sur, cerca de Fort Worth, y está restableciendo una colonia de perros de las praderas en una nueva reserva de 48 kilómetros cuadrados en el oeste de Texas. Asociándose con los indígenas Oglala Lakota, el grupo de Manos ha ideado un proyecto a largo plazo para unir las praderas alrededor del Parque Nacional Badlands en un pastizal público de más de 4.000 kilómetros cuadrados.

Manos es el padre de un hijo adoptivo de 10 años. Su viaje desde la desesperanza hacia el activismo está narrado en su libro, “Ghetto Plainsman” (Temba House, 2008).

Contacté a Manos por teléfono en su oficina en Fort Worth.




Jarid Manos con su hijo.
Jarid con su hijo.
Madeline: ¿Cómo fue tu niñez?

Jarid: Era un perro callejero. No sabía que las personas realmente podían quererse y disfrutar de relaciones familiares cercanas. El único tema que mi padre discutió conmigo fue mi deber de trabajar, siempre con desaprobación.

Cuando tenía tres años, me abrí la cabeza cuando me caí contra una repisa de ladrillo. Los efectos fueron duraderos, y aún hoy, algunas veces me desmayo.
Estaba tan enajenado que incluso unirme a una pandilla hubiera sido un camino demasiado normal para mí. Yo era un chico bonito y odiaba eso. Era constantemente acosado por viejos desagradables que me perseguían sexualmente, incluyendo el vicedirector de la escuela. Pero nunca acepté ser la víctima de nadie.

El mundo se sentía hostil, y era seguro que iba a ponerse peor sin aviso. Aprendí a ser como un animal salvaje y ver los peligros antes de que ellos me vieran.

La naturaleza era mi refugio, y comprendí instintivamente que estaba bajo amenaza. Vi praderas, arroyos arbolados y cataratas destruidos por máquinas excavadoras. Recuerdo mirar los postes telefónicos, uno tras otro, y lamentar todos esos árboles asesinados.

Madeline: ¿Qué te hizo ir de Ohio a Texas?

Jarid: Visité Texas por primera vez con mi padre en viajes de pesca y caza de patos. El paisaje de inmediato me habló. Sabía que era mi hogar. Había un horizonte abierto llamándome, y el cielo estaba iluminado en los colores más fenomenales y viscerales. Texas es el único lugar en EE.UU. donde la pradera y el mar se encuentran, y brinda una sensación casi africana, como si fuera el centro del mundo viviente. Sólo podía pensar en cómo volver allí.

Inmediatamente después de la secundaria, me fui hacia Corpus Christi con el pretexto de ir a la universidad. Vivía en una de las partes más desoladas de la ciudad en un apartamento prefabricado sobre pilotes que no habría soportado el primer huracán.

Madeline: Pero no te quedaste allí.

Jarid: Me volví inquieto y me fui a Nueva York donde nuevamente traté de ir a la universidad.

El problema es que llevas tus problemas personales donde quiera que vayas. Había sido un ebrio desde que era un adolescente y luchaba contra una depresión extrema. No podía mantenerme despierto o concentrarme, o tener un empleo por mucho tiempo.

Terminé en el Lower East Side, que por aquel entonces estaba repleto de traficantes de crack y heroína. No podía pagar el alquiler. Casi me quedo en la calle. Para ganar dinero, tuve que vender mi cuerpo. Fue tan degradante. Me sentí mancillado y violado como la Tierra.

Algunas veces dormía en los bancos de las plazas sobre periódicos, luego los leía. Leí acerca del derrame de petróleo del Exxon-Valdez, la masacre de Tiananmen y el comienzo de la Guerra del Golfo. El mundo se volvió más sombrío.

Tuve un inmenso deseo de desaparecer en la naturaleza. Viajé al oeste a través de Texas de nuevo, luego derecho hacia California. Pensé en dejar la sociedad y retirarme de la fealdad del mundo. Quería dejar de hablar. Estaba así de furioso.

Pero tuve una oportunidad para hacer dinero en New York como traficante de drogas, y mi única ecuación moral fue: en el odio y en la guerra todo se vale.


No hay vida más estimulante y realizada, creo, que una vida de servicio. Cuando produces un cambio tangible, es algo que te hace esperar con ganas cada día.


Madeline: ¿Encontraste el oeste norteamericano más pacífico que la ciudad?

Jarid: No. Es peligroso y anárquico aquí: puedes toparte con alguien con rifles en la parte trasera de su camión, y si no le gusta el color de tu piel o tu apariencia física, puede lastimarte fácilmente.

Las Llanuras son una zona de guerra, especialmente para los animales. Hay clubes organizados para reventar perros de las praderas con bombas de propano, o envenenarlos. Hay caza aérea de animales salvajes como los coyotes. La gente en camionetas corre deliberadamente a los antílopes aterrorizados contra los cercos de alambre de púa.

A pesar de esas amenazas, vi a los animales celebrando la vida. Invito a cualquiera a dormir una noche en una colonia de perros de las praderas. Mirarlos saltar y caer unos sobre otros al primer destello del amanecer sobre la pradera. Literalmente adoran al sol.
También vi esperanza en las reservas indígenas. Gente que ha perdido tanto y ha sido tan traumatizada, sonriendo, riendo y haciendo chistes.

Madeline: ¿Cuándo cambiaron las cosas para tí?

Jarid: Primero, me enteré de la idea de Buffalo Commons. Casi todas las Grandes Llanuras han sido destrozadas, pero a medida que las personas abondanan las áreas rurales, hay una oportunidad de crear una economía sostenible a través del ecoturismo, la restauración, las iniciativas de salud ambiental, el trabajo de los jóvenes y la educación.

Al mismo tiempo, sabía que no podía continuar en los mismos ciclos autodestructivos. Recuerdo yacer en una brecha bajo una cerca en algún lugar de oeste, cada hombro en un lado opuesto del alambre de púa. Pensé, “¿Vas a rodar hacia la izquierda, hacia el sur, desaparecer en México y aceptar que no hay esperanza en la lucha; o rodar hacia la derecha y empezar a trabajar?” Cerré mis ojos, pensé en los búfalos, los perros de las praderas y las personas que estaban luchando. Eso me llamó a la acción.

En los meses siguientes, me dí cuenta que había sobrevivido a mi depresión y a mi ira. Recé y afiancé un lugar seguro dentro de mí. Tuve que sanarme. Cuidar de tu salud es la cosa más radical que puedes hacer, porque estás más limpio, fuerte y capaz de resistir y luchar por mucho más.

Quería ser más saludable para poder construir, crear y unir a las personas.

Madeline: Viniendo de circunstancias tan difíciles, ¿cómo encontraste los recursos para empezar una organización?

Jarid: Estaba siempre leyendo. Soy un adicto a la información. Sabía de grupos activistas. Aprendí un montón de una pasantía con la Protectora de Animales de Nuevo México, y de grupos como People of Color Caucus. Esas experiencias me dieron herramientas para empezar el Consejo de Restauración de las Grandes Llanuras y nuestras primeras campañas para restaurar un arroyo en la reserva Pine Ridge, y detener el envenenamiento de una colonia de perros de las praderas por parte de la ciudad de Lubbock.

Tuve que aprender a tratar con la gente y con mi ira remanente. Pero cuando produces un poderoso trabajo para sanar la Tierra, también puedes sanarte a ti mismo.

Es verdad que cuando miraba al movimiento medioambiental, no veía muchas personas como yo. Pero sabía que necesitábamos volvernos un movimiento social y cultural con una lucha compartida. La violencia que la gente le inflinge a la Tierra se refleja en la violencia que les hacen a los demás.

Madeline: ¿Cómo es para ti liderar un organización, después de años tratando de alejarse de la sociedad?

Jarid: No hay vida más estimulante y realizada, creo, que una vida de servicio. Cuando produces un cambio tangible, es algo que te hace esperar con ansias cada día.

Años atrás nunca me hubiera descrito como “feliz”. No sonreí la mayor parte de mi vida. Pero lo hago ahora.

Amo a mis amigos, los chicos y el trabajo: la sensación de que las personas se están juntando en buena fe y aceptando que es un mundo imperfecto, pero aún así continúan trabajando para mejorarlo cada día.

No estoy diciendo que la vida es fácil. Hay un montón de malas noticias, y veo personas agobiándose todo el tiempo. Pero mi energía es inquebrantable.

El Consejo de Restauración de las Grandes Llanuras alienta a chicos que son sobrevivientes del VIH, abuso, violencia y pobreza a tomar el liderazgo en proyectos de conservación de praderas. La foto de arriba muestra la cumbre de jóvenes del GPRC de 2008. Photo by Jarid Manos
El Consejo de Restauración de las Grandes Llanuras alienta a chicos que son sobrevivientes del VIH, abuso, violencia y pobreza a tomar el liderazgo en proyectos de conservación de praderas. La foto de arriba muestra la cumbre de jóvenes del GPRC de 2008. Photo by Jarid Manos
Madeline: Ahora trabajas con jóvenes que han pasado por sus propios traumas. ¿Cómo los ayudas a realizarse?

Jarid: Muchos de los chicos con los que trabajamos eran considerados desechables. Algunos han vivido en lugares donde no tenían un baño, tenían que usar el patio. Hay chicos cuyas madres han sido violadas, o quienes están afectados por el VIH.

Pero si les das oportunidades a estos jóvenes, pueden tomar el liderazgo. Sólo necesitan adultos modelo que les ayuden a abrir las puertas.

Algo de esto tiene que ver con reclamar el poder personal. Hay un joven en nuestro programa que ha sido quemado gravemente, pero es el tipo más extrovertido y bien adaptado. Hace que todo el mundo se sienta a gusto.

Tiene que ver con expresarse. Uno de nuestros jóvenes acaba de dar su primer gran discurso en la Conferencia Internacional de Parques Urbanos en Pittsburgh ante una audiencia con representantes de más de 36 países.

Y les enseñamos a los chicos sobre la conexión entre sus cuerpos y los ecosistemas donde viven. Los llevamos a una pradera de pastizales altos al suroeste de Fort Worth y les enseñamos cómo las vertientes corren a través de la tierra. Entonces vemos cómo el sistema circulatorio humano trabaja, mirando las venas en nuestros brazos.

Les permitimos a los chicos dirigir visitas por esta pradera. También les ayudamos a mejorar sus habilidades lingüísticas. Ahora mismo están escribiendo un libro infantil llamado Prairie Dogs in the Hood. En la historia, un grupo de chicos encuentran a una abuela en su porche, y ella les cuenta acerca de los últimos perros de las praderas en Fort Worth.

Madeline: Muy a menudo los jóvenes son medicados para tratar problemas de conducta. ¿Qué piensas que necesitan los jóvenes para ser capaces y felices?

Jarid: La sanación debe ser de adentro hacia afuera, en lugar de afuera hacia adentro. Deja que los niños salgan. Dales la oportunidad para producir algo significativo con sus propias mentes y manos, y eso sobrepasará a cualquier droga o medicación.

Madeline: ¿Puedes describir uno de tus momentos de mayor alegría?

Jarid: No estoy seguro de que muchos activistas alguna vez hayan alcanzado la pura felicidad. Hay una oscura nube de preocupación que nunca se va. Sin embargo pasando el rato con mi hijo, Kaiden, en Galveston Island un par de años atrás, recuerdo un repentino y perfecto momento de regocijo: su risa, las olas del mar, el cálido sol, las dunas de arenas blancas y la verde pradera de la costa. Era como si el sol se hubiera acercado a la Tierra, resplandeciendo todo en una luz azul y amarilla. Ese momento fue abrumador. Fue una sensación inusual, porque siempre había visto todo a través de la lente de la lucha.

Estoy inundado de pensamientos de los retos que tenemos por delante. Pero momentos como esos me muestran que es posible tener felicidad aún siendo un soldado. Y siento la necesidad de que otros chicos experimenten estos momentos. Así que vuelvo a la lucha.




Madeline Ostrander hizo una esta entrevista con Jarid Manos para Felicidad Sostenible, la edición del invierno 2009 de YES! Magazine. Madeline Ostrander es redactora general de YES!

Interesad@?www.ghettoplainsman.com y www.gprc.org

Foto de Madeline Ostrander
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