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Política y sexo en Chile

El auge de una mujer presidente está retirando el velo de la intimidad de los chilenos.

Photo by Juan Catepillan. Chilean Street Art by Patricio Madero
Arte Callejero Chileno por Patricio Madero.
Muralista Patricio Madero ha dejado su estampa en los muros y la historia chilena desde hace décadas. Sus raízes comienzan en los años 60 cuando creó el colectivo de arte Brigada Ramona Parra. Bajo Presidente Salvador Allende, la brigada creció a nivel nacional y se convirtió en un movimiento cultural importante. Durante la dictadura de Augusto Pinochet, el arte callejero formó parte de la resistencia cultural al régimen militar. Hoy en día artistas como Madero se celebran como héroes de la nueva democracia. Photo por Juan Catepillan
En marzo de 2006 la socialista Michelle Bachelet llegó a ser la primera mujer electa como Presidenta de un país sudamericano. Su elección fue un golpe para la élite política chilena, que después de un año de gobierno ha sido implacable para con ella. Solapadamente, se lee que dicen entre líneas: "Ella es mujer, actúa como mujer y las mujeres no saben ejercer autoridad".

Una mirada a los cambios producidos en la vida privada de los chilenos indica que estos han sido la base para que se hiciera posible que una mujer llegara a Presidenta, a pesar de la influencia conservadora de las élites y de la Iglesia católica. Pero a un año de gobierno muchos críticos suyos estiman que estaban en lo correcto, pues la coalición de centroizquierda está en su peor momento, mostrando evidentes signos de desgaste. Si algo se le puede reprochar a Michelle Bachelet es la ineficacia en construir un relato y una épica de esta nueva forma de gobierno: el de una mujer que quiere gobernar como mujer: con amabilidad y mayor participación de la ciudadanía.

Miles de mujeres con cinta presidencial

Como casi todos los países de América Latina, la sociedad chilena siempre ha sido patriarcal o, mejor dicho, patronal. Desde la conquista española en adelante la figura del “señor” reinó primero en los latifundios y luego en las ciudades. Hasta los años 60, la mujer era excluida del gobierno, del trabajo y de los negocios. Le correspondían los asuntos domésticos y la crianza de los hijos. La figura reciente de Augusto Pinochet remarcó las características más estereotipadas de ese machismo: la del varón omnipotente y autoritario a más no poder. Prometió "orden y seguridad", a cambio de restricciones a las libertades y a los derechos humanos. Lucía Hiriart de Pinochet, su esposa, dijo que la mujer debía tener un rol secundario, "de apoyo al marido". El relevo democrático puso a un “patriarca” de la política como Presidente: Patricio Aylwin. Ricardo Lagos, el tercer Presidente pos dictadura, también representó una figura patriarcal. Una suerte de mandamás con sensibilidad social, de quien se valoraba que, en momentos de conflicto e incertidumbre, golpeara la mesa para decir la última palabra. Eso le trajo réditos en popularidad que la oposición de derecha valoró.Michelle Bachelet no encaja en ninguna de esas figuras. Es socialista, agnóstica, hija de un general asesinado por la dictadura, separada, con hijos de padres distintos—incluso, para rematar, la menor de su prole la tuvo estando soltera—impredeciblemente con sus formas amables, femeninas, maternales. Ya siendo ministra de Lagos (lo fue en Salud y luego en Defensa) fue percibida por la opinión pública con simpatía, primero, y con franca adhesión después. Fue la ciudadanía y no la clase política quien la invistió candidata y luego Presidenta, algo extraño en el politizado voto chileno.

El hecho de que ella llegara a la Presidencia es el signo más claro del desgaste de la forma masculina tradicional de actuar en sociedad y de ejercer el poder. La fotografía de este síntoma fue tomada el día en que Bachelet resultó electa, cuando se congregaron miles de mujeres en la avenida principal de Santiago de Chile portando espontáneamente una cinta tricolor presidencial (signo tradicional de los Presidentes chilenos) como señalando que el poder ahora le pertenecería a todas las mujeres. ¿Pero qué tan veraz era esta imagen?

Pía Rajevic, en el año 2000, presentó su investigación acerca de los cambios en la vida privada desde la dictadura hasta el primer decenio de retornada la democracia. El libro abierto del amor y el sexo en Chile desenmascaraba distintos mitos: los chilenos no éramos conservadores; las jóvenes se desvirgaban antes que las holandesas; existían distintos tipos de familia (no sólo el matrimonio convencional, sino monoparentales, la familia extendida, etcétera); la homosexualidad era bastante aceptada. En los años 60, Chile fue un país pionero en planificación familiar y los métodos anticonceptivos fueron parte de políticas públicas en salud. Pero Rajevic mostró también que esta actitud abierta en la vida privada no correspondía a los deseos de las élites del país. Por ello la vida privada real de los chilenos no estaba representada ni en leyes ni en el discurso público ni en los mass media. Eso explica que, aunque la mayoría de los matrimonios estaban separados de hecho y por lo mismo casi el 50% de los hijos nacían fuera del matrimonio, el poder político se resistía a aprobar una ley de divorcio. Recién en 2004 se aprobó dicha ley, siendo el último país occidental en legalizar la disolución matrimonial. La gran influencia de la Iglesia católica chilena, profundamente conservadora en materia de las costumbres, hizo posible esta asimetría: pese a que el 80% de los chilenos se declaraba católico, en general no hacía caso a los dictados en materia de vida privada de la jerarquía eclesiástica.

Expresiones Masculinos del Poder

La dictadura iniciada en 1973 no sólo significó un retroceso político de proporciones en un país de trayectoria democrática ejemplar. También fue un retroceso cultural y social en la forma de vida, con restricciones severas a la vida privada. La mujer perdió parte del terreno ganado desde hacía una década. La dictadura cambió por ejemplo la estrategia de planificación familiar. En vez de recomendar anticonceptivos en los consultorios públicos se les encomendaba a las mujeres tener todos los hijos que "Dios le de". La crisis económica vivida los primeros años de los 80 obligó a cientos de miles de modestas “dueñas de casa” a trabajar en el empleo mínimo, lo que inevitablemente las dotó de un empoderamiento hasta entonces inexistente. La cada vez mayor autonomía económica de las mujeres ha sido un dato clave para la asunción de ellas de un rol homologable al de los varones.Hoy, tras décadas de lucha en la casa y en la calle, las mujeres han avanzado bastante en la reivindicación de sus derechos y en sus conquistas. Ya nadie podría levantar el retrato de Lucía Pinochet, como símbolo de la mujer chilena. Ahora ella representa la figura de la mujer fantoche y figurativa propia de un país anquilosado en los valores decimonónicos. El icono moderno de Bachelet, una mujer profesional, médico, de clase media, sencilla, jefa de hogar sin marido, construida por su propio esfuerzo, hoy está en el imaginario ciudadano.Sin embargo, su liderazgo inclusivo, cercano, no autoritario y consultivo (propenso a la creación de comisiones amplias para elaborar propuestas de ley sobre temas transversales como las pensiones o políticas de educación secundaria), constantemente es cuestionado por la mayoría de los poderes fácticos, en particular por la clase política más renuente a los cambios culturales, incluso de su propia coalición. En contraste, las encuestas, y pese a toda esa “mala prensa” y a una serie de conflictos derivados de decisiones tomadas en el gobierno anterior de Ricardo Lagos, le siguen otorgando una aprobación de más del 50%.

Esto prueba de que no está resuelto lo que Pía Rajevic planteó en su libro hace casi siete años. Los deseos de la élite siguen teniendo el aroma y forma masculinos de ejercer el poder. Pero esta aspiración choca con la realidad y los varones—los patriarcas—deambulan en el desconcierto y la perplejidad.

El gabinete paritario

No hay duda de que el poder de la Iglesia católica ha retrocedido y este dato es sustancial para sostener que la forma de vida privada en Chile ha cambiado y no hay pie atrás. Pero las mujeres siguen realizando el 95% del trabajo doméstico en los hogares del país; sólo el 35,6% de ellas labora remuneradamente en el mercado laboral (porcentaje menor al promedio latinoamericano); sólo un 20% de los ejecutivos de empresa son mujeres; y el promedio de salarios de mujeres es 30% menos que el de los hombres.

Bachelet, al asumir, cumplió su promesa electoral de tener un gabinete ministerial paritario. Este hecho marcó una hoja de ruta y provocó una protesta en su propia coalición porque eso significó dejar fuera a varios importantes líderes varones.

En cuanto a signos, ha sido eficaz en hacer ver que ejercer el poder no tiene por qué ser materia de especialistas en ello, sino algo mucho más cotidiano y ciudadano, por ende, más maternal que paternal. Pero el poder es el poder, de por sí conservador, y aún no se puede predecir si la tentativa tendrá el éxito esperado. En la vida privada es evidente la feminización de Chile, pero está por verse si se transforma en una virtud pública.


Marcelo Mendoza es periodista, sociólogo y escritor chileno. Autor, junto a Fernando Villagrán, de La muerte de Pinochet (2003).

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