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Recensión de libro: Mas allá de los cárceles

Un manual fascinante para re-inventar la justicia criminal

cover of Beyond Prisons by Magnani and Wray

Beyond Prisons: A New Interfaith Paradigm for Our Failed Prison System (Más allá de las Cárceles: Un Nuevo Paradigma Interreligioso Para Nuestro Fallido Sistema Carcelario.)

by Laura Magnani & Harmon L. Wray

Fortress Press, 2007, 204 paginas, $13

Compra el libro (en inglés)

Para aquellos que viven tras las rejas, el sistema norteamericano utilizado para castigar a los infractores de la ley es conocido como “el sistema criminal de injusticia”. Ellos tienen razón. Nuestro sistema carcelario es un fracaso. La prisión daña a las personas mucho más a menudo de lo que les ayuda. Cerca de la mitad de los infractores liberados vuelven a violar la ley y regresan a la prisión—hasta el 80 por ciento de ellos en algunos estados. Y encerramos a hombres negros norteamericanos en una tasa ocho veces más alta que Sudáfrica en la cima del apartheid.

Nuestra solución a los problemas causados por las cárceles ha sido siempre la misma: más cárceles. Por dos siglos y medio, los norteamericanos han sido incapaces de imaginar que la “deuda a la sociedad” de un infractor de la ley pueda ser pagado de otra manera que no sea pasando tiempo en una jaula.

Es este fracaso de imaginación moral que Laura Magnani, asistente regional administrativa para la justicia del Comité de Servicio de Amigos Norteamericanos (AFSC en inglés) en Oakland, California, y Harmon Wray, director del Programa Vanderbilt en Fe y Justicia Criminal, empezaron a remediar con Beyond Prisons (Más Allá de las Cárceles).

Prison Cell. Illustration by Giovanni Banfi / I-S
Illustración por Giovanni Banfi/I-S
“El castigo, por su misma naturaleza, causa daño,” escriben los autores. “No podemos castigar nuestro camino hacia una sociedad saludable.”

¿Entonces cómo nos ocupamos de la tarea de reparar nuestro sistema de justicia criminal basado en el castigo?

No podemos, dicen. Lo tiramos y empezamos de nuevo.

Admitimos las partes de nuestra historia que más bien olvidaríamos y las injusticias que dejaron tras de sí; desde la esclavitud, el sistema de alquiler de convictos, a las leyes de Jim Crow; desde nuestro desplazamiento de los nativos americanos hasta nuestro tratamiento de las personas lesbianas, gay y transexuales. Hablamos de los “desequilibrios extremos de poder” que han permitido que una clase y una raza permanecieran en la cumbre, mientras otras razas y clases sufrían.

Examinamos el rol que juega el miedo. “Mucha de la represión realizada por el sistema criminal de justicia se hace en nombre de la seguridad,” señalan Magnani y Wray, de igual forma a como la “seguridad nacional” es a menudo nuestra racionalización para reducir los derechos civiles.

Al final, los autores demandan una nueva moralidad basada en decir la verdad, el reconocimiento y la reparación—y la creencia en el poder del bien para superar el mal.

Es irónico que los Cuáqueros, gentiles y amantes del silencio, fueron en gran parte los creadores del sistema penitenciario que ahora condenan.

A mediados del siglo XVIII, trabajaron duro para reemplazar el brutal sistema colonial de justicia—una mezcla de humillación pública, azotes, tarifas, restitución, y para los crímenes más serios, estigmatización, mutilación y ahorcamiento—con lo que ellos creían sería un sistema más humanitario y efectivo. Comenzando en 1790, los infractores de la ley fueron sentenciados a una existencia monástica de silencio persistente en celdas individuales y trabajo silencioso—la proto-penitenciaría.

En un sentido, los esfuerzos de reforma de los cuáqueros fueron espectacularmente exitosos: resultaron en un sistema penitenciario que ha durado 220 años. Al mismo tiempo, su visión de penitencia humana y expiación se volvió una pesadilla: el régimen de aislamiento y silencio volvió loco a los prisioneros.

Magnani y Wray reconocen el rol de los cuáqueros en crear el fallido sistema penitenciario, junto con su rol más reciente en promover las sentencias obligatorias, las cuales fueron pensadas para eliminar el racismo en las sentencias pero, distorsionadas durante el proceso legislativo, terminaron eliminando la discreción de los jueces y llevando al encarcelamiento automático.

¿Entonces, por qué debería el lector escuchar a los cuáqueros otra vez?

Porque la experiencia de dos siglos y medio de los cuáqueros con las cárceles, particularmente sus fallas, son la fuente de la gran fuerza de este libro. Refleja una memoria institucional de cómo las visiones humanitarias pueden ser distorsionadas por el miedo, el interés propio, y la burocracia, y cómo las políticas pensadas para mejorar la vida de los prisioneros pueden terminar empeorándola. Son lecciones dolorosas, pero crucial para aquellos que trabajan por el cambio.

A veces el libro es demasiado cuidadoso y demasiado políticamente correcto, y por momentos suena a un documento interno para el Comité de Servicio de Amigos Norteamericanos—lo cual es, en parte. Pero contra el telón de fondo de estas faltas, brilla la humanidad radical de su mensaje.

Entonces, ¿qué hacemos con los criminales si no los ponemos en la cárcel? ¿Cómo volvemos a los pandilleros, los ladrones de autos, los asesinos y violadores en buenos vecinos?

Podríamos copiar programas que están funcionando en otros lugares. La mayoría de los norteamericanos se sorprenderían al saber que otros países ya han respondido estas preguntas, y que muchas de sus respuestas están funcionando. Por eso es que Canadá encarcela una séptima parte de nuestro índice, y Dinamarca menos de una décima parte.

Pero Magnani y Wray no aspiran a crear un manual sobre programas que funcionan. El problema que tratan va más profundo. Antes de que podamos crear un sistema de justicia que represente el paradigma de justicia que fomente la paz que vislumbran, debemos superar nuestros miedos de los otros, y nuestra ignorancia cultural de las causas y motivaciones del comportamiento criminal. “El crimen callejero,” señalan, “es típicamente un acto de desesperación, demencia, comportamiento inducido por las drogas, o a veces los tres.”

Si no podemos aprender primero a vernos entre nosotros de otra forma, nos advierten, las mejores partes de cualquier sistema nuevo serán engullidas por la existente maquinaria de justicia punitiva.

Nosotros creamos este sistema de justicia retributiva, nos advierte Magnani y Wray, así que podemos crear un sistema diferente. El perdón puede ser una política pública. La igualdad y la justicia son posibles. Si podemos imaginar un mundo sin prisiones, sugieren ellos, podemos crearlo.

Yo les creo.


Carol Estes escribió este artículo como parte de ¡Paremos el calentamiento global, ya!, el número de primavera de 2008 de YES! Magazine. Carol Estes es cabildera en cuestiones de justicia criminal para el Comité de Amigos en Política Pública en Washington, aunque ella no es cuáquera. Además, dirige un programa voluntario de educación carcelaria denominado University Behind Bars (Universidad Más Allá De Los Barrotes) que ofrece cursos universitarios a prisioneros, sin costo para ellos o para el estado.
Traducción por Guillermo Wendorff
Foto de Carol Estes
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