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Una política exterior justa

Es hora de dejar atrás ideas viejas de superpotencias. Un mundo cambiante trae nuevas oportunidades de paz y la oportunidad de unirse a una comunidad de naciones.
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De DUST MEMORIES, por veterano de Irak Aaron Hughes. El arte de Hughes se puede ver en aarhughes.org.
De DUST MEMORIES, por veterano de Irak Aaron Hughes. El arte de Hughes se puede ver en aarhughes.org.
Aaron Hughes pasó el verano de 2003 transportando suministros de Kuwait a Irak como un soldado en la Guardia Nacional del Ejército. Hoy en día, es un enérgico activista anti-guerra.

"No he tenido una epifanía", dice Hughes acerca de su giro. "Yo sólo esperaba continuamente poder ayudar al pueblo iraquí, que mis compañeros soldados fueran respetados como seres humanos por el ejército. Y después de un año y tres meses allí, esa esperanza se hizo pedazos". Pensaba que su fusil podría ser usada para defender la democracia, pero se dio cuenta que " mi arma apuntada a los hambrientos, y yo soy el opresor".

Hughes es ahora un artista que hace videos, actuaciones y dibujos que capturan su experiencia en la guerra de Irak. En una actuación particularmente conmovedora, detuvo el tráfico dibujando sobre el pavimento de una intersección ocupada en Champaign, Illinois, con un cartel que decía "Soy un veterano de guerra de Irak. Soy culpable. Estoy solo. Estoy dibujando para la paz". Compara su obra de arte con una chispa de luz. "En un desierto puedes ver un fósforo prendido a millas de distancia", dice Hughes. "Aunque sea un pequeño fósforo, todavía se puede ver, y puede potenciar a mucha gente".

Comparando los candidatos presidenciales con respecto a la política exterior

¿Cómo se verán las relaciones exteriores de EE.UU. si John McCain prevalece? ¿Qué pasará si Barack Obama establece el programa? Erik Leaver ve detrás de la publicidad a los antecedentes, los asesores y las promesas de los candidatos presidenciales…

VER NUESTRA TABLA DE CANDIDATOS (EN INGLÉS)

El viaje de Aaron Hughes desde la guerra a la paz refleja el gran cambio en los Estados Unidos desde 2003. Lo que alguna vez fue la opinión de una minoría—que la invasión de Irak fue un error—se ha convertido en la posición de una mayoría ya no silenciosa. Hay ahora muchos puntos de luz, muchos fósforos en el desierto. El público de EE.UU. rechaza la pieza central de la política exterior de Bush, su doctrina de atacar a cualquier país que plantee incluso una amenaza hipotética. Los estadounidenses apoyan un cambio general en nuestras relaciones con otros países en cuestiones desde el clima y el comercio hasta el control de armamentos y la cooperación para finalizar las guerras en Medio Oriente y África. Después de años en el frío, los ciudadanos de EE.UU. quieren volver a unirse a la familia de naciones.

Es cierto que los estadounidenses tienen miedo del terrorismo. Y tanto los demócratas como republicanos comparten un consenso ciego respecto a la seguridad nacional. Pero las contra-narrativas en el corazón del arte de Aaron Hughes y en los programas de los movimientos sociales en todo el país son cada vez más prominentes. Las encuestas sugieren una inmensa voluntad de cambio, aunque los políticos estén detrás de los tiempos. Mientras tanto, el mundo ha experimentado una profunda transformación en los últimos años. Todo esto significa que un dramático cambio en la política exterior de los EE.UU., no visto desde los tiempos de Franklin Delano Roosevelt, puede estar a la vuelta de la esquina.

Un mundo cambiante
La administración de George W. Bush puede muy bien pasar a la historia como la gota que derramó el vaso, quebrando la espalda del imperio estadounidense. La administración Bush sustituyó a la guerra fría con una "guerra mundial contra el terrorismo", que arrastró al país en un conflicto indefinido con un adversario disperso. El equipo de Bush aumentó los gastos del Pentágono en un 70 por ciento y, junto con generosos regalos fiscales a los ricos, logró borrar todas las reducciones del déficit de la era Clinton. En 2000, los Estados Unidos registró el mayor superávit presupuestario de su historia: 230 mil millones de dólares. Para el 2002, incluso antes de la invasión de Irak, la administración Bush había llevado al país a $159 mil millones en números rojos. Economistas de Goldman Sachs predicen que el déficit de 2008 será de $425 mil millones, lo que sería un nuevo récord.

Todo este dinero no le ha construido a los Estados Unidos una fuerte base económica, ni le ha comprado nuevos amigos a Washington. La buena voluntad que fluía hacia los Estados Unidos de otras naciones después del 11 de septiembre, incluso de sectores inesperados como Corea del Norte, Irán y Libia, se evaporó rápidamente cuando su pueblo fue testigo del comportamiento de EE.UU. en la "guerra contra el terrorismo". No ayuda que los Estados Unidos haya rechazado tratados internacionales clave como el Protocolo de Kyoto sobre el calentamiento global, se haya retirado del tratado sobre misiles antibalísticos (ABM) con el fin de lograr un costoso y técnicamente cuestionable sistema de defensa contra misiles, y no haya firmado el acuerdo de adhesión a la Corte Internacional Penal.

Al desplazar la estructura tributaria en favor de las corporaciones y los ricos e inclinar el campo de juego internacional en favor de los ricos, los Estados Unidos ha ampliado la brecha mundial entre ricos y pobres. Sumarle a eso el presupuesto militar, aumentado por metástasis, la deuda federal creciente, la crisis de hipoteca y la base manufacturera en erosión, y Estados Unidos empieza a parecerse a un imperio estirado hasta un delgado punto de ruptura, como la Roma del siglo IV o la Gran Bretaña de la década de 1930. Si la historia reciente EE.UU. fuese una tragedia griega, la retórica triunfalista saliendo de Washington calificaría como el orgullo desmedido que el público espera justo antes de la trágica caída.

De ninguna manera toda la responsabilidad cae sobre los hombros de la administración Bush. En la década de 1990, después del colapso de la Unión Soviética, los Estados Unidos tuvo una oportunidad única para ayudar a mover el mundo del sistema de la Guerra Fría a un nuevo y equitativo arreglo global. En lugar de fortalecer a las Naciones Unidas y tomar la iniciativa de dirigir los recursos desde los militares hacia un muy esperado "dividendo de paz", la administración Clinton trató de preservar el momento unipolar y a EE.UU. como el mayor poderío militar y económico en el mundo.

En los 90, los Estados Unidos mantenía un régimen de sanciones contra Irak que causó la muerte de cientos de miles de civiles, y llevó a cabo acciones militares unilaterales contra Serbia, Afganistán y Sudán. La administración Clinton no prestó apoyo a un tratado de minas terrestres, presionó por un Tratado de Libre Comercio de América del Norte que beneficiaba en gran medida las grandes empresas de EE.UU., debilitó al Tratado sobre Misiles Anti-Balísticos, y amplió en gran medida las exportaciones militares de EE.UU. En la década de 1990, Washington consideraba la cooperación internacional como una manera de reforzar el poder geo-económico de los Estados Unidos. Al despreciar la cooperación internacional y confiar, en cambio, en el uso incontrolado del poder militar estadounidense, la administración Bush fue un paso más allá en su intento de remapear el mundo.

La próxima administración, Demócrata o Republicana, se enfrentará a un mundo muy distinto al que enfrentaron George W. Bush en 2000 o Bill Clinton en 1992. Nuevos centros de poder están surgiendo en la forma del nuevo alcance global y económico de China, la política energética de Rusia, el apalancamiento económico de la India y una nueva generación de dirigentes de América Latina. El euro tiene una buena oportunidad de reemplazar al dólar como la moneda del mundo, que rebajaría substancialmente el poder mundial de Estados Unidos. Más allá de los gobiernos, la sociedad civil ha adquirido una nueva importancia como "la otra superpotencia". Movimientos civiles han obligado el cierre de bases militares, logrado la obtención de una convención internacional sobre minas terrestres, llevado a la comunidad financiera internacional a dar sustancial alivio de la deuda a los países empobrecidos, y ayudado a bloquear nuevas rondas de negociaciones comerciales multilaterales

Los estadounidenses quieren que su país deje de ser el matón del barrio y en su lugar pasar a ser un buen vecino. La economía de la nación está en descenso, nuestra fuerza armada está sobre-estirada y nuestra legitimidad mundial está agotada. El público ya no quiere asumir esos gastos de imperio.


A la hora de decidir la forma de negociar estas demandas de cambio y estas nuevas realidades, los Estados Unidos se enfrenta a una dura elección. En la próxima década, podríamos tratar de mantener nuestro dominio sobre el poder mundial sólo para verla deslizarse a través de nuestros dedos. Agobiado por la deuda, armado hasta los dientes, y aislado del mundo, los Estados Unidos se convertiría en el "hombre enfermo" de América del Norte, como los otomanos fueron una vez etiquetados en Europa. Al igual que muchos imperios caídos, seríamos tanto más peligrosos cuanto más débiles nos volvamos.

O Estados Unidos podría intentar algo sin precedentes. Podríamos dar la espalda al imperio, tal como España y Portugal hicieron en los 70 y la Unión Soviética hizo a finales de los 80. Pero en lugar de esperar hasta el amargo final, como estos países hicieron, los Estados Unidos podría utilizar su todavía considerable poder para ayudar a crear un orden mundial más equitativo que opere en un verdadero campo de juego nivelado. Roma no logró acogerse a esta opción, y la Edad Media fue lo que siguió. Los Otomanos, Romanovs, Habsburgos también intentaron de extender su imperio, y una salvaje guerra mundial fue el resultado. Dando vuelta la espalda a la dominación mundial, los Estados Unidos puede aprender del pasado y poner fin a la tragedia griega antes de su fatal desenlace.

De DUST MEMORIES, por veterano de Irak Aaron Hughes. El arte de Hughes se puede ver en aarhughes.org.
De DUST MEMORIES, por veterano de Irak Aaron Hughes. El arte de Hughes se puede ver en aarhughes.org.
Un EE.UU. post-superpoder
¿Cuál será la diferencia si un Republicano o un Demócrata es elegido presidente?

En algunas cuestiones de política exterior, los candidatos Republicano y Demócrata suenan como si ellos vivieran en diferentes planetas. Tanto Hillary Clinton como Barack Obama desean retirar tropas de EE.UU. de Irak en última instancia, mientras que John McCain apoya al aumento de tropas de Bush más que el propio Bush. Los demócratas son más sensatos que los republicanos sobre el cambio climático, el comercio, y en general la cooperación mundial.

Pero en otros aspectos, las dos partes son indistinguibles. Por ejemplo, ninguno de los candidatos presidenciales principales ha hecho una llamada para congelar el presupuesto militar y mucho menos reducirlo. Y el terrorismo sigue siendo una preocupación central de ambos partidos, aunque otras amenazas—aumento de las temperaturas, apocalipsis nuclear—desafíen la existencia misma de la humanidad.

Aunque tanto Clinton como Obama han pedido que se cierre el centro de detención en Guantánamo, ninguno ha cuestionado el marco de "guerra mundial contra el terrorismo". Tampoco han pedido cerrar la base de Guantánamo o ninguna de las otras 800 o más bases militares estadounidenses en todo el mundo. Al no impugnar el medio trillón de dólares de presupuesto militar, los candidatos demócratas se encontrarán presionados para encontrar los fondos para pagar por su atención integral de salud y planes de educación.

Lo que dicen los estadounidenses...
Calificando el desempeño mundial de EE.UU.

84% están preocupados por como andan los EE.UU. en los asuntos mundiales.

74% dicen que el mundo es cada vez más peligroso para los estadounidenses.

69% dicen que EE.UU. no está haciendo un buen trabajo como líder en la creación de un mundo más pacífico y próspero.

64% creen que el resto del mundo ve negativamente a los EE.UU.

65% dicen que las relaciones de EE.UU. con el resto del mundo se encuentran en el camino equivocado.

óDel Índice de la confianza en la política exterior (Confidence in Foreign Policy Index), primavera de 2008, por Public Agenda & Foreign Affairs

Los sondeos sugieren que los estadounidenses están deseosos de adoptar un enfoque de las relaciones internacionales considerablemente más positivo, más cooperativo y más optimista. La mayoría de los estadounidenses creen que su país debería desempeñar un papel activo en los asuntos mundiales y que Estados Unidos "debe hacer su parte en los esfuerzos para resolver los problemas internacionales junto con otros países". La mayoría de los estadounidenses prefieren enfoques económicos y diplomáticos y no la acción militar, y creen que todos los países deben eliminar sus armas nucleares, dado un buen establecido sistema de verificación internacional. Y los norteamericanos creen firmemente que el comercio debe contribuir a elevar los estándares laborales a nivel mundial en lugar de precipitar una carrera retrógrada.

En otras palabras, los estadounidenses quieren que su país deje de ser el matón del barrio y en su lugar pase a ser un buen vecino. En esto, los estadounidenses no le están dando voz a aspiraciones utópicas. Las encuestas de hecho reflejan un nuevo realismo. La economía de la nación está en descenso, nuestra fuerza armada sobre-estirada y nuestra legitimidad mundial agotada. El público ya no quiere asumir esos gastos de imperio.

Hasta ahora, los estadounidenses no han traducido este realismo en expresión política. Cuando esto ocurra, independientemente de quién es presidente, los días del imperio americano estarán realmente contados.

De una a muchas…
Rechazar el militarismo y el imperio no sería totalmente sin precedentes para los Estados Unidos. Ha habido momentos en el pasado cuando el país giró decisivamente hacia la cooperación mundial. Durante la década de 1930, la administración de Franklin Delano Roosevelt adoptó una "política de buen vecino" hacia América Latina que sustituyó el militarismo con la cooperación, permitiendo que los países de la región persiguieran sus propios modelos de desarrollo político y económico. Otros importantes programas, aunque imperfectos, han incluido la distribución de la ayuda del Plan Marshall a Europa tras la Segunda Guerra Mundial, la creación del Cuerpo de Paz durante la administración de Kennedy y la adopción de una nueva política de derechos humanos en los primeros años de la presidencia de Jimmy Carter.

Para trazar un nuevo camino en el mundo, podemos examinar a estos modelos de nuestro propio pasado. Pero también hay que echar un vistazo a nuestro alrededor.

La Unión Europea es un ejemplo de lo que puede suceder cuando los países que alguna vez que persiguieron la dominación mundial y el imperio colonial deciden en lugar de eso, trabajar juntos para resolver problemas comunes. La UE ha sido comparativamente inclusiva, ampliándose para abarcar algunos países de la antigua esfera soviética y considerando a Turquía también para la adhesión. Ha transferido ingresos de los ricos a los más pobres de Europa, lo que ha permitido a países como Irlanda y Portugal prosperar. Y con el principio de subsidiariedad—la idea de que la autoridad debe descansar en el nivel más bajo posible—la UE ha tratado de preservar la democracia participativa en lo que de otra forma sería una burocracia totalmente abarcadora. La UE ha favorecido en general la diplomacia de cooperación sobre la acción militar. A pesar de que la UE está lejos de ser perfecta, estas iniciativas todavía representan una clara alternativa al espíritu hazlo-solo de los Estados Unidos.

La gente joven jugó un papel fundamental en las protestas, como ésta en Tampa, Florida, marcando el 5 º aniversario de la guerra de Irak. Foto de Michael Waldron, Flickr.com/fotos/juxtaposeesopatxuj
La gente joven jugó un papel fundamental en las protestas, como ésta en Tampa, Florida, marcando el 5 º aniversario de la guerra de Irak.
Foto de Michael Waldron, Flickr.com/photos/juxtaposeesopatxuj
Los Estados Unidos debe aplicar estos enfoques al sistema internacional para que sea igualmente incluyente, económicamente equitativo, y democráticamente rico. Para que esto suceda, sin embargo, los Estados Unidos debe dejar de colocarse por encima de la ley. Sólo cuando reconozcamos el estado de derecho internacional, el espectro del unilateralismo se desvanecerá. Los Estados Unidos debe reconocer el poder superior de la ley internacional de la misma manera que Alemania y Francia aceptaron el poder soberano de las instituciones europeas.

Los países europeos, por supuesto, no decidieron simplemente crear la Unión Europea debido a que sus intereses convergieron por arte de magia. Por el contrario, los Estados Unidos ayudó a unirlos al amplificar la amenaza de la Unión Soviética. Esta amenaza externa contribuyó a desbordar las inevitables peleas internas entre los países que ponían en peligro a la integración europea en varios puntos después de la Segunda Guerra Mundial.

El mundo hoy se enfrenta a una amenaza cohesiva similar. En lugar de la "alarma roja" está la amenazante "alarma verde" del cambio climático. Todos los países del mundo se ven afectados por el cambio climático, y esta amenaza debe convencerlos a redefinir la soberanía, a fin de salvar el planeta. Los Estados Unidos debe demostrar que puede formar parte de la solución de nuevo tomando en serio el imperio de la ley y las instituciones internacionales.

A través de los mecanismos internacionales vinculantes, los Estados Unidos puede ayudar a reducir radicalmente las emisiones de carbono. Puede lograr la seguridad mundial a través de acuerdos que reduzcan el comercio de armas y bajen los arsenales nucleares finalmente a cero. Otros tratados podrían establecer códigos de conducta empresarial y establecer un piso de estándares laborales y ambientales en las negociaciones comerciales. Las Naciones Unidas tendrían que ser reestructuradas para reflejar realidades post-Guerra fría, y se le debería administrar una inyección financiera para montar las operaciones de mantenimiento de la paz que pueden poner fin a los conflictos latentes y prevenir otros nuevos.

Los Estados Unidos debe liderar por el ejemplo, no por la fuerza. Nuestro país es el número uno en varias categorías dudosas: el más poderoso arsenal nuclear, el mayor emisor de gases de efecto invernadero, el principal exportador de armas, el gastador militar más grande, el mayor número de bases militares de ultramar. Por lo tanto, si queremos cambiar el mundo tenemos que empezar por cambiar nosotros mismos.

¿De dónde vendrá el cambio?
La política es demasiado importante para ser dejada a los políticos. Doblegada por poderosos intereses especiales, obligados a dedicar una mayor cantidad de tiempo a la recaudación de fondos, y cada vez más en deuda con grupos de discusión y cálculos demográficos, es cada vez menos probable que a los políticos se les ocurran planes visionarios, o que junten la valentía para implementarlos.

A menos que sean presionadas a hacerlo.

Los movimientos sociales en el pasado han movilizado al público estadounidense hacia cambios dramáticos en la política de EE.UU. El movimiento por los derechos civiles y el movimiento de mujeres han renovado la sociedad estadounidense. Los éxitos de Hillary Clinton y Barack Obama habrían sido inconcebibles una mera generación atrás. Son notables personas, pero también se apoyan en hombros de poderosos movimientos sociales.

Hoy, necesitamos un tipo diferente de movimiento socia, uno que se centre en la política exterior de los EE.UU. Ese movimiento, basándose en gran medida en los esfuerzos por la paz y la justicia mundial, buscaría nada menos que una transformación del papel de EE.UU. en el mundo. Esto no sería un simple cambio de políticos o el ajuste de algunas políticas. Sería un cambio de proporciones verdaderamente mundial.

Después de todo, la búsqueda de imperio no es ni factible ni deseable. En este momento crucial, es el momento de fortalecer las estructuras de la cooperación internacional y de consignar al imperio de una vez por todas al basurero de la historia.


John Fefferescribió este artículo para Una política exterior justa, la edición de verano de 2008 de YES! Magazine. John es el co-director de Foreign Policy In Focus en el Institute for Policy Studies y autor de numerosos artículos y libros.

Cover of Just Policy paperEstamos agradecidos al Institute for Policy Studies por su consejo y sus contribuciones a esta edición de YES! Su documento, ìJust Security: An Alternative Foreign Policy Framework,î se puede ver aquí (en inglés).

Traducción por Guillermo Wendorff.

Photo de John Feffer
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