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Cura al guerrero, sana al país

Romper el ciclo de gestión de la guerra: nuestro país no encontrará la paz hasta que asumamos la responsabilidad de nuestras guerras.

Un veterano del grupo Veteranos de Irak contra la Guerra marcha en Nueva York en el 5. aniversario de la guerra en Irak de los EE.UU. Foto de Joseph O. Holmes
Un veterano del grupo Veteranos de Irak contra la Guerra marcha en Nueva York en el 5. aniversario de la guerra en Irak de los EE.UU. Foto de Joseph O. Holmes
Culpa, vergüenza, masacre sin propósito, la alienación de la tierra patria y la vida misma—éste es el legado que Günter transmitió a su hijo Walt de su servicio militar en la Wehrmacht de Hitler, en la Segunda Guerra Mundial. Walt, "el único hijo nacido en libertad", nació en los Estados Unidos poco después de que sus padres emigraran aquí desde Alemania. Pasando su infancia durante la Guerra Fría de los 1950, Walt anhelaba ser un chico completamente norteamericano, pero siempre terminaba en el papel de indio frente a sus amigos cowboys, y de "Kraut" frente a soldados americanos.

Cuando cumplió 18 años, Walt se alistó como voluntario para Vietnam. "Yo quería ser finalmente uno de los chicos buenos", dijo Walt. “Servir en el ejército norteamericano por una causa justa eliminaría el pasado de mi familia y ganaría nuestro lugar en la sociedad". Él no podía saber que, en cambio, volvería con trastorno de estrés postraumático (TEPT), sintiéndose menos que nunca como "uno de los chicos buenos".

El camino del guerrero
Nuestras tropas no se alistan porque quieran destruir o matar. No importa el clima político, la mayoría de las tropas tratan de servir los valores tradicionales del guerrero: proteger el país que aman, sus ideales, y sobre todo sus familias, sus comunidades, y uno al otro. Si tienen que matar o ser matados, necesitan razones trascendentales para hacerlo. A lo largo de la historia, la única razón para la lucha que ha sobrevivido al escrutinio moral es un ataque directo con una amenaza real e inmediata a su pueblo. El TEPT es, en parte, la conciencia torturada de la gente buena que dio su mejor esfuerzo bajo condiciones que deshumanizarían a cualquiera.

Casi todas las culturas, pasadas y presentes, han tenido guerreros. Ellos también han tenido complejas historias y rituales para ayudarles a recuperarse del combate y guiarlos a través del ciclo de vida. La aparición de los guerreros es tan universal que los psicólogos consideran al Guerrero como uno de nuestros arquetipos fundacionales psico-espirituales.

La mayoría de las terapias convencionales enseñan a los sanadores a evitar hablar de la moral. Pero la guerra es intrínsecamente una empresa moral y los veteranos en busca de la curación están en un profundo viaje moral. Los sanadores y las comunidades deben acompañarlos.


En las culturas tradicionales, los niños y los hombres estudiaban el "camino del guerrero". En estas sociedades, un guerrero no era lo mismo que un soldado, no se limitaba a ser un miembro de una enorme institución militar anónima utilizada para la ejecución violenta de fines políticos. Por el contrario, el del “guerrero” fue uno de los papeles fundamentales que mantenían fuertes y unidas a las sociedades. Los guerreros eran fundamentalmente protectores, no destructores.

La gente responde a la misma llamada el día de hoy. Michael, un marino que sirvió en Afganistán, declara con orgullo que a los 18 años fue el primero en su estado en alistarse luego del 9/11. Nick, un oficial del ejército que sirvió en Irak, se alistó a causa de un deseo de toda su vida de "ser como Héctor defendiendo las puertas de Troya".

La “cultura” del guerrero, sin embargo, no es tan valorada o alimentada en la sociedad moderna. El "Guerrero" no es ni siquiera una clase social reconocida. Un veterano, sobre todo con discapacidades, es considerado por muchos, y a veces hasta por sí mismo, como un fracaso en términos de identidad civil normal. Michael teme que, como experimentado veterano de combate, el único lugar del planeta al cual ahora encaje sea la Legión Extranjera Francesa.

En Sierra Leona, los rituales tradicionales de purificación utilizando jabón de ceniza han sido un aspecto integral de la curación psicosocial y reintegración de las niñas forzadas a servir como niños soldados. Foto de Lindsay Stark
En Sierra Leona, los rituales tradicionales de purificación utilizando jabón de ceniza han sido un aspecto integral de la curación psicosocial y reintegración de las niñas forzadas a servir como niños soldados.
Foto de Lindsay Stark
Los ecos de la guerra
La guerra en el extranjero fomenta la guerra en casa.

Cuando vamos a la guerra, inevitablemente, llevamos su violencia y el horror de vuelta a nuestros hogares y nuestras calles. No podemos evitarlo. En lugar de sentir que había restaurado el honor de su familia, Walt pasó años asolado por pesadillas, sin hogar, abusando de drogas y alcohol, y sentado con una escopeta en la boca tratando de encontrar la voluntad para poner fin a todo. Se casó y tuvo hijos, luego se divorció y descuidó a sus hijos. No podía mantener un empleo. No podía regresar a casa.

La guerra hace eco de generación en generación. Sabiéndolo o no, todos llevamos las heridas de la guerra. Walt fue herido por la historia de su padre. Sus hijos fueron heridos por la suya.

Cuando un veterano tiene TEPT, toda su familia y la comunidad son afectadas inevitablemente. Los síntomas individuales de Trastorno de Estrés Postraumático —trastornos del sueño, abuso de sustancias, depresión y problemas con la intimidad, el empleo y la autoridad— son los mismos síntomas que son epidemia en nuestra sociedad. Cuando echamos un vistazo, franco y directo, vemos que somos una nación y un planeta de guerreros heridos, sus descendientes, y sus vecinos.

Limpiando al guerrero
La guerra envenena el espíritu, y los guerreros regresan mancillados. Es por ello que, entre los nativos americanos, zulúes, budistas, en la antigua Israel, y en otras culturas tradicionales, a los guerreros que regresaban se les hacían atravesar importantes rituales de purificación antes de volver a entrar en sus familias y comunidades. Las culturas tradicionales reconocían que los guerreros no purificados podrían, de hecho, ser peligrosos. La ausencia de estos rituales en la sociedad moderna ayuda a explicar por qué el suicidio, el homicidio, y otros actos destructivos son comunes entre los veteranos.

En Vietnam, Walt había exhumado los cuerpos de enemigos muertos de las fosas comunes y los volvió a enterrar. Sentía que había ensuciado y dañado su alma. Nick declaró que, aunque él había deseado ser un gran campeón de su pueblo, "todo lo que me dieron fue esta pequeña y apestosa guerra de Irak".

En las culturas tradicionales, la limpieza del guerrero era a menudo guiada por chamanes, y chamanes particulares presidían la de "medicina del guerrero". Entre sus muchos oficios y honores, por ejemplo, Toro Sentado sirvió como Jefe de Medicina de la Sociedad Guerrera de Hunkpapa, responsable de supervisar las vidas espirituales y el bienestar de la sociedad de guerreros. Toro Sentado consideraba a éste el más importante de todos los oficios que ocupó.

Walt entró a psicoterapia individual y de grupo para los veteranos de combate. Le ayudó a contar sus relatos, tener sus sentimientos y pérdidas confirmados por otros veteranos, y recibir honor como parte de una fraternidad. Pero estaba en busca de más limpieza, bendición, y curación de alma de lo que la terapia tradicional podía proporcionar. Finalmente se asoció con una mujer nativa norteamericana. Estudió su cultura, y participó en saunas tradicionales y otros rituales. Asistió a un Pow Wow, donde fue honrado como un guerrero retornado. Fue aceptado por la comunidad indígena mucho más de lo que lo había sido por la sociedad norteamericana dominante.

Yo conduzco viajes de curación a Vietnam anualmente, y allí, también, los veteranos informan que se sienten más bienvenidos y honrados por sus antiguos enemigos de lo que alguna vez se sintieran en casa.

Foto por Joseph O. Holmes
Foto por Joseph O. Holmes
Una doble herida
Toro Sentado y sus guerreros, y otras bandas de innumerables culturas tradicionales, nunca estuvieron plagados de duda sobre el valor de su misión, como muchos de nuestros soldados lo están hoy en día. Para hacer una batalla con todo el corazón, el peligro y la amenaza al hogar de uno deben ser realrd, y la gente debe experimentarlo como inmediato y a punto de poner en peligro su existencia total; no debe haber alternativa. Un pueblo y sus guerreros deben estar unidos.

El efecto de esa unidad se muestra en Nguyen Van Tam, conocido como Sr. Tigre, un hombre robusto, amigable y sereno de 87 años que vive en el delta del Mekong en Vietnam. Es un veterano de las guerras contra japoneses, franceses, y estadounidenses. Aunque estuvo en la guerra por un cuarto de siglo, no tiene síntomas inquietantes. "Nosotros, los Vietnamitas", dice, "no tenemos TEPT, ya que nunca odiamos a los estadounidenses. Nosotros sólo luchamos para proteger a nuestras familias y hogares de los invasores".

Cuando, por el contrario, las guerras se basan en falsos pretextos, acontece un vacío moral. Como Martin Luther King Jr. observó, las tropas experimentan "no simplemente el proceso embrutecedor que sucede en cualquier guerra", sino también "el cinismo al proceso de la muerte, porque nuestras tropas deben saber, después de un corto período de tiempo, que ninguna de las cosas por las que estamos luchando están realmente involucradas".

Walt explicó, "no me di cuenta hasta que fue demasiado tarde, que yo era igual que mi padre: un hombre bueno peleando en el lado equivocado para la causa equivocada". El trauma moral está en el centro del TEPT. Un joven soldado, idealista y sincero, que descubre que está luchando por agendas políticas, económicas, o históricas falsas o distorsionadas, puede experimentar heridas psíquicas más profundas y complicadas que las experimentadas por guerreros tradicionales.

La gravedad y la medida en que sufren los veteranos con el trastorno de estrés postraumático es una respuesta directa a la ceguera de nuestra cultura sobre el costo real de la guerra. El TEPT es la expresión de la angustia, la alienación, y la rabia del individuo, mientras intenta hacer frente a la pérdida de inocencia, replantear una nueva identidad personal y cultural, y despertar de la negación masiva. Los veteranos con TEPT son personas cuyos sistemas de creencias han sido destruidos. Podemos entender mejor el TEPT como un trastorno de identidad y una herida del alma en lugar de un estrés y trastorno de ansiedad, tal como está clasificado actualmente. La guerra deshumaniza a cualquiera que toca, pero sobre todo a un veterano que cuestiona la causa a la que sirvió.

La mayoría de las terapias convencionales enseñan a los sanadores a evitar hablar de la moral. Pero la guerra es intrínsecamente una empresa moral y los veteranos en busca de la curación están en un profundo viaje moral. Los sanadores y las comunidades deben acompañarlos. Como sociedad, debemos honrar esas heridas en formas que reconozcan su profundidad y el grado de sufrimiento psíquico.

Si vamos a devolver a la guerra al lugar que le corresponde como última defensa cuando sea absolutamente necesario, hay que curar las heridas de nuestros soldados y comunidades. No podemos lograr el mantenimiento de la paz sin antes lograr una verdadera y completa sanación de la guerra.


Levantando la carga

Los guerreros, en las sociedades tradicionales, servían a la necesidad de protección, y todo lo que se hacía era hecho en el nombre de la tribu. Tenían rituales para transferir la responsabilidad por los actos cometidos durante la guerra desde los veteranos hacia toda la cultura. En última instancia, los dirigentes, no las tropas ordinarias, se hacían responsables de los resultados de la batalla y por las muertes que se producían.

Nuestros veteranos no se pueden curar a menos que la sociedad acepte la responsabilidad de hacer su guerra. Para el veterano, nuestros dirigentes y el pueblo deben decir: "Usted lo hizo en nuestro nombre, porque estaba sujeto a nuestras órdenes, y porque te hemos puesto en situaciones insostenibles e incluso atroces. Levantamos la carga de tus acciones y la llevamos en nuestros hombros. Somos responsables de lo que hiciste, y de sus consecuencias".

Walt recibió esta aceptación de las comunidades de nativos americanos. En mis siete viajes a Vietnam, y con todos los veteranos y civiles con los que me he reunido que han visitado Vietnam desde la guerra, el pueblo vietnamita ha ofrecido esta aceptación y perdón a cualquier norteamericano que regrese al país para reconciliarse. Por el contrario, desde Afganistán, Michael dice, "aún amo a Estados Unidos, pero Estados Unidos no me ama a mí".

Sin esta transferencia de responsabilidad, el veterano lleva el dolor y la culpa secretos de la guerra, por todos nosotros. Demasiados veteranos colapsaron en una discapacidad de sufrimiento silencioso y, por tanto, sirven como nuestros chivos expiatorios rotos, mientras que el resto de nosotros procedemos como si nada hubiese pasado. En contraste, durante mis retiros de curación, los veteranos cuentan sus historias, los civiles hablan de sus seres queridos perdidos, y todos comparten sus valores dañados y los sueños rotos. Por último, nuestros veteranos entran en el centro de nuestro círculo y los civiles se comprometen a aceptar la responsabilidad por cualquier daño causado en su nombre y ayudar a llevar las historias de los veteranos para el resto de sus vidas. Al compartir esta carga nos convertimos en una comunidad unida en servicio de la sanación de la guerra.

Foto por Joseph O. Holmes
Foto por Joseph O. Holmes
Curación para todos
Queremos, como dice la canción gospel, "no estudiar más a la guerra". Sin embargo, los estudiosos cuentan más de 14,600 guerras en los últimos 5,600 años de historia. La guerra es tan epidémica en su ocurrencia, devastador en su impacto, y duradera en sus secuelas, que debemos estudiarla y tratarla. Si vamos a devolver a la guerra al lugar que le corresponde como última defensa cuando sea absolutamente necesario, hay que curar las heridas de nuestros soldados y comunidades. No podemos lograr el mantenimiento de la paz sin antes lograr una verdadera y completa sanación de la guerra.

Walt finalmente puso de lado su escopeta y dejó de beber. Disfrutó de una exitosa relación con su nueva compañera y ha sido adoptado por su tribu y su sociedad guerrera. Tomó un camino espiritual que restableció su creencia en la bondad de la vida y el orden del universo. Se ofreció como voluntario con más veteranos discapacitados, visitando los enfermos en el hospital regional ayudando a crear reuniones anuales de veteranos. Tanto en la terapia como fuera de ella, hemos creado rituales que permitieron a este soldado encontrar la curación. Los nativos americanos y las comunidades de veteranos ayudaron a apoyar y llevar el espíritu errante de este soldado a casa. A su vez, Walt se convirtió en un dedicado defensor de otros veteranos más heridos que él. El veterano discapacitado se convirtió en un anciano guerrero.

Pero la guerra completó sus daños. Tan sólo a sus 50 años de edad, Walt murió el año pasado de cáncer relacionado con el Agente Naranja.

No podemos sanarnos de la guerra sin la participación de toda la comunidad y la sociedad, y sin invocar ayuda transpersonal. Tenemos que desarrollar rituales modernos que reconozcan las nuevas heridas causadas por la guerra peleada no por razones de defensa. Por mucho que podamos discrepar de una guerra, nuestros rituales deben incluir la purificación, contar historias al público y la aceptación por parte de la comunidad de la responsabilidad por lo que el soldado ha llevado a cabo.

Estos rituales y prácticas de curación de la guerra nos sirven a todos. Nos enseñan la necesidad de romper los ciclos de guerra y violencia, tanto dentro de cada soldado como dentro de la sociedad. Cuando les devolvemos a nuestros veteranos sus voces silenciadas, cuando aceptamos nuestra verdadera responsabilidad como individuos y comunidades, ya no veremos a la guerra como una aventura o una herramienta legítima de la política del poder. Entonces, tal vez, podemos ver que en todo nuestro país y en el mundo, compartimos la misma herencia de heridas de guerra. Cuando nos unamos para hacer frente a esas heridas cada vez que aparezcan, por fin “no vamos estudiar más a la guerra".


Le pedí a Walt el permiso de contar su historia durante nuestra visita de despedida en el hospital donde se estaba muriendo de cáncer del Agente Naranja. Se sorprendió al principio, pero finalmente dijo: "Yo tenía miedo de que mi vida fuese inútil. Pero, por favor, cuenta mi historia. Por favor, haz que signifique algo. Tal vez pueda ayudar a evitar mi destino a algunas otras pobres almas".


Edward Tick escribió este artículo para Una política exterior justa, la edición de verano de 2008 de YES! Magazine. Edward es autor de War and the Soul (La Guerra y El Alma) y otros tres libros. Ha trabajado con los veteranos durante tres décadas y es el director y psicoterapeuta senior de Soldado del Corazón: Iniciativas para el Retorno Seguro del Veterano.
www.soldiersheart.net.

Traducción por Guillermo Wendorff.
Foto de Edward Tick
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